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viernes, 20 de abril de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VII)



Ildefonso despertó de su desmayo sobre la acera de una calle en Belén. No había ninguna razón para estar allí. De hecho, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Sí recordaba con lujo de detalles el encuentro con Senghor y, sobre todo, el horripilante lugar donde se cometían las más abominables atrocidades humanas. Este extrañamiento le facilitó contemplarse a sí mismo. La presencia de Cristo, el Cuerpo de Cristo, ¿dónde estaban para él?... Podría incluso haberse avergonzado de sí mismo, de revestirse todavía como sacerdote de Cristo y de la Santa Iglesia Católica. Reconoció una misteriosa relación entre el sufrimiento, el mal experimentado en esta vida, y la sobrevivencia de un Cristo siempre renovado aun desde la disolución de su Cristo, como un Cristo leproso al que se le van cayendo las carnes putrefactas, quedando por debajo siempre la carne más viva, amorfa y sanguinolenta de alguien que ya no es el mismo, sin dejar de ser, al mismo tiempo, el mismo. Sólo su Santa Iglesia Católica no había conseguido renovarse, de manera que para él ya no era más que cualquiera otra ONG humanitaria, si bien la más poderosa. Razón suficiente para continuar sirviéndola, y sirviéndose de ella. Un hombre pordiosero, desgreñado, con una barba espesa y sucia que le cubría la mitad del pecho casi escamoso de grasa y tierra, se le acercó y estiró su mano huesuda, temblorosa. Ildefonso se metió la mano al bolsillo, se encontró con unas monedas que depositó compasivamente en la mano del mendigo. Éste se inclinó y posó su frente sobre la palma abierta de Ildefonso, luego se irguió, dio media vuelta y se alejó rengueando entre la gente. Sobre la palma de su mano había quedado un pequeño papel doblado en cuatro. Lo abrió:
Ewaan 10, te espero a las 15 hrs. Seng
A un joven palestino que pasó a su lado le preguntó la hora: 12:27 p.m., y por Ewaan... Levantó los hombros y continuó caminando calle arriba.
Hotel Bethlehem, leyó en un cartel sobre el frontis de un edificio antiguo. Volvió su inteligencia a resistirse: ¿Cómo es posible?... Hace un momento me encontraba en Deir Ezzor, y ahora a miles de kilómetros, ¿en Belén?...
Si era Senghor realmente quien lo esperaba a las 15 hrs., entonces podría responderle este despropósito. A no ser que… Interrumpió el curso de su pensamiento. La imagen de Senghor cubriéndose con la capa para no ser visto por él le causó una nueva desazón. Escuchó gritos atrás. Se devolvió hasta la esquina. Al girar hacia la otra calle se encontró con una aglomeración de gente que se mantenía a cierta distancia de una pareja de hombres que forcejeaba. Al observar la escena tuvo la intensa sensación de que aquello lo había soñado. Se inquietó, pues uno de los hombres había cogido al otro por la espalda y presionaba un gran cuchillo sobre su garganta. El agresor gritaba en árabe ¡Al·lahu-àkbar!... ¡Al·lahu-àkbar!... ¡Al·lahu-àkbar!... Mientras el otro levantaba sus ojos hacia lo alto. Ildefonso se adelantó con decisión y le dijo en árabe:[1] !سلام الله معك Entonces, el rehén se agitó para tratar de liberarse de su agresor, mas éste, con un movimiento rápido y decidido atravesó el cuello con la daga, cortando las venas yugulares. La sangre pareció explotar de su cuello y salpicó hacia todos lados. El árabe arrojó el cuchillo al suelo y salió corriendo. A media cuadra se encontró con varios soldados israelíes quienes, apuntando sus fusiles, lo ametrallaron repetidas veces. Algunas personas que se encontraban cerca de los soldados se dieron media vuelta y apuntaron con sus manos e índices hacia donde se encontraba Ildefonso. Éste miró hacia el hombre que, caído en el suelo, se apretaba la garganta tratando de contener infructuosamente la sangre que manaba a borbotones. Luego recorrió con la vista las caras de los circundantes; se encontró con terribles miradas de odio y desconfianza. Por un momento dudó. Se iba a inclinar para tratar de ayudar al moribundo, pero una angustiosa y desagradable sensación de certeza y miedo lo impulsó a dar un giro y salir corriendo del lugar, aunque sabía que eso probablemente le significaría la muerte. Primero corrió tratando de evitar a la gente que se le cruzaba en el camino, pero unos cincuenta metros más adelante no pudo esquivar un perro que realizó un movimiento repentino, y rodó por el suelo. Sintió que le ardían las manos y la rodilla izquierda. Giró la cabeza hacia atrás con el corazón tamborileando, pero se llevó una inesperada sorpresa. El barrio ni la calle eran el mismo barrio ni la misma calle por la que había iniciado la huida. Ahora veía una calle estrecha, en pendiente, con antiguas casas pintadas de albayalde, por la que se movía uno que otro automóvil, y apenas dos o tres transeúntes por las veredas. Una mujer tocada con un pañuelo rojo se acercó a él y le preguntó si se encontraba bien.
--¡Sí!... ¡Sí!... ¡Gracias!...
La mujer sonrió, bajó la mirada y dio un paso. Entonces Ildefonso la detuvo con su pregunta:
--¿Qué calle es ésta?
-- Ewaan.
Ella movió la cabeza con cierta inquietud, como esperando algo más, pero sin levantar la mirada siguió adelante.
Ewaan, murmuró Ildefonso. Se sacudió el polvo de su ropa, mientras miraba hacia uno y otro lado, incrédulo. Tuvo la impresión de que alguien lo acompañaba. Siempre lo había llamado Dios y Jesús, pero ahora no resultaba natural ni propio… Ni tan divino, como Dios, ni tan humano, como Jesús. Vio a lo lejos un portón verde con un número inscrito en el muro lateral: 10. Se acercó a un hombre de edad avanzada que cerraba su negocio de telas.
--¿Me puede decir la hora, por favor?...
--Las tres.
Ni siquiera consideró el incomprensible salto en el tiempo que acababa de experimentar. Ildefonso caminó con convicción hacia el portón. Se podía percibir desde afuera que el sitio estaba abandonado y vacío, aunque lo cercaba un muro de unos dos metros y medio de alto. ¿Cómo había llegado hasta ahí?... ¿Dónde habían quedado esos soldados, y las gentes odiosas, y el judío agonizante, y la calle del otro mundo y otro tiempo?... Le pareció que a su vida entera, a cada momento, le podía preguntar lo mismo. Sabía que adentro estaba Senghor. No podía ser de otra manera. Abrir aquel portón representaba abrir una inmensa nueva puerta de la realidad. Estaba cerrado. Lo empujó y se abrió un poco, como si alguien lo estuviese conteniendo desde adentro. Parecía habérsele despertado un sentido que le permitía anticipar algo del momento siguiente, o algo del sentido profundo del presente que inevitablemente se prolongaba más allá. No era más que una sensación, o una corazonada, o un roce interior de un algo que no se deja atrapar por ninguna facultad de la mente, ni se reduce a materia ni a energía, como el balbuceo gutural de un bebé que trata de cantar en su poema el asombro de la nueva realidad que descubre. Ingresó mirando a uno y otro lado, mientras cerraba maquinalmente el portalón a su espalda. Un gran terreno que alguna vez albergó construcciones y humanos, de los que ya no había más que rastros visibles en las formas de los cimientos allanados sobre el suelo, o una que otra escama de concreto que se empinaba unos décimos de centímetros respecto de la horizontal. A veces manchas ocres de musgo seco, u ortigas desplegadas en macetas espontáneas, verdes, o ramas quebradas de una higuera caída, o polvos acumulados en montoncitos, o en pátinas grabadas sobre los restos de cemento por el cincel del viento, sobresalían y llamaban la atención de esa instantánea observación de un Idelfonso que mira un entorno por primera vez, y SIENTE… Avanzó mirando, giró, se detuvo, levantó y bajó la vista, dudó, perseveró, hasta que descubrió un llamativo bulto negro entre la hierba y a los pies de un alto madero en forma de cruz. Caminó hacia él; a medida que se acercaba comenzó a desplegarse como los pétalos de una flor acaban descubriendo la profundidad de su centro, y, desde adentro de lo que se evidenció inicialmente como un manto esférico, se descubrió la figura encorvada de Senghor, quien también se desplegó a sí mismo, incorporándose desde la posición fetal inicial, hasta la postura erguida, incluso hierática.
--¿Cómo es posible que esté ocurriendo todo esto?—le preguntó Ildefonso.
--¿Por qué no me saludas?... ¿Por qué no me preguntas cómo estoy, o si estoy bien?...
Ildefonso iba a responderle: ¡Perdón!, pero se contuvo, pues un rayo de conciencia lo iluminó de una manera diferente. Si le respondía así, se estaría condicionando por otro estado de conciencia y por otro estado de realidad: el estar y el bienestar de Senghor… Él mismo ocurriría como una persona enteramente diferente. Su pregunta y las preguntas de Senghor se encontraban dentro de dos universos radicalmente separados; iban por rutas divergentes de la existencia, a pesar de lo inofensivo y coloquial que pudiese parecer una pregunta o la otra. ¿En cuál quería realmente estar?
¿Cómo podía confiar con seguridad en Senghor, después de lo vivido con él?... ¿Cómo podía confiar con seguridad de que fuese la realidad aquello que estaba viviendo últimamente? El curso de la realidad a través de la vida de la mayoría de las personas no era más que una sucesión de hechos y acontecimientos accidentales, o bien impuestos por el contexto cultural, por las características psicológicas del individuo mismo, por las imposiciones del entorno social, ambiental, laboral, geográfico, etc.; por los condicionamientos biológicos y genéticos; por la familia, por los padres, por los amigos y los enemigos, por la pareja, por los hijos, etc. Sin embargo, para Ildefonso el curso de su vida, jalonado sucesivamente por hechos cargados de significancia humana, se habían ido aglutinando en un continuo trascendente que, por una parte, se hacía progresivamente más explícito y definible, y, por otra, iban siendo alimentados y promovidos por el mismo reconocimiento de un sentido progresivo desde la conciencia inteligente y lúcida de Ildefonso. De ahí que la respuesta inicial que le aportaba Jesús y María, Dios y su religión católica, su orden jesuita, la Madonna y su propia espiritualidad concordante, habían sido puestas a prueba por la naturaleza de los HECHOS, y por la honestidad espiritual y de conciencia que poseía el mismo Ildefonso. Hubiese sido fácil para él no hacer ese largo recorrido y ascesis evolutiva, si hubiese poseído esa naturaleza de la que gozan tantos seres humanos, que les permite autoengañarse, tranquilizarse, asentarse en cualquier suelo ideológico para procesar desde lo más grande y grave, a lo más pequeño y fútil de la realidad, sin moverse nunca más desde ese estado mental y, en consecuencia, de ese estado de realidad acomodado y falsificado. Era necesario, para Ildefonso, el suministro de una dosis casi tóxica de valentía, de desapego a la validación de lo que uno experimenta como lo propio, de ansias de verdad, de autoconciencia y búsqueda interior. Si a ello se suma que la REALIDAD se manifiesta por sí misma en esta misma dirección, facilitando este proceso y proyecto, entonces no es del todo extraño que la realidad y uno mismo se despeñen como por un abrupta pendiente de irracionalidad, de incoherencia, de sobre-naturalidad, pero también de exaltación de la conciencia y de descubrimientos asombrosos en uno mismo y en TODO.
Sin esperar respuesta, Senghor se dio media vuelta, se encaminó hacia un amplio seto de zarzas que cubría el fondo del terreno. Ildefonso creyó percibir en él un gesto sutil para que lo acompañase, de modo que lo siguió de cerca. Su cerebro parecía haberse cargado con una energía singular que le provocaba esa particular sensación de que todo lo que estaba aconteciendo en su entorno obedecía a un propósito y naturaleza sobrenaturales, pero absolutamente creados y ajustados para él. Que las cosas relevantes para él se le acercaban, sin dejar de estar todas por igual AHÍ, y las menos relevantes o no relevantes se le alejaban como en perspectiva existencial y ontológica, pero sin dejar de estar todas por igual AHÍ. Por eso, no le extrañó que al volver la vista atrás no viese ya el madero en forma de cruz, sino una pila de astillas amontonadas en el suelo. Y que, al levantar la vista al cielo, sólo viese un amplio cielo azul, por todas partes azul, y nada más.
Senghor cogió las ramas recubiertas de grandes y pequeñas espinas; las fue echando a un lado, mientras daba unos cuantos pasos entre ellas, hasta que se encontró frente a una losa resplandeciente en el suelo. La capa, que antes flotaba alrededor de su cuerpo, ahora se le había apegado completamente a la piel y fungía de ajustado mono. Se inclinó, y con una sola mano cogió algún canto saliente sobre la lápida, la levantó y la hizo batirse sobre su marco hasta depositarla a un lado. Ingresó al espacio vacío y comenzó a descender por una escala de piedra caliza.
--¡Ven, sígueme!—Ildefonso escuchó que Senghor le decía con claridad y firmeza, pero dentro de su propia cabeza.



[1] “¡La paz de Dios sea contigo!”

sábado, 7 de abril de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VI-3)




No bien puso su pie dentro de la basílica experimentó una vivencia singular. De pronto dejó de pensar en el fiscal. Había habitado en aquellos espacios por años. Las calles de Roma, las personas de todas las etnias y pueblos, los templos, los tintes y rastros históricos, el ruido, el ir y venir de las locas ciudades europeas modernas y antiguas en un solo instante. Eso le era habitual y sabido. Ya no lo era. Ahora la nave relucía con un brillo propio; todo estaba palpitando con una vida nueva y significativa, aún ignorada. Nada primero era cosa; todo estaba colmado de sentido incipiente que se expresaba en cosa. Era como mirar el universo con los ojos de niño. Juntamente tuvo este atisbo de autoconciencia: estaba contemplando aquello como un punto milimétrico de luz alumbra repentinamente hacia su entorno vacío, negro, dentro de un Universo y que, por un secreto trascendental designio, intuye en ese mismo acto insignificante, efímero y minúsculo, EL INFINITO. Entonces su mente paupérrima resonó intentando atraer su propio infinito, y recordó a sus doce niños mártires de Bodrum, todos sus niños y víctimas de la guerra, su Feliciano, su Madonna, sus amores, sus héroes y sus demonios, en un instante sin tiempo ni forma, ni siquiera recuerdo. ¿Sería INFINITO?... Y esa veintena de personas que deambulaban por el recinto sacro, ¿por qué habían dejado de ser el centro de su atención y deber? ¿Por qué sus Evangelios ya no eran aquí el Camino, la Verdad y la Vida, justamente AHORA y AQUÍ?... Era otra cosa lo que él buscaba ahora y aquí, tanto como era buscado por otra cosa. San Pietro in Vincoli no era ni templo, ni museo; ni bello, ni macabro. Las cadenas de San Pedro, allá en el fondo, no eran ni reliquias, ni cadenas, ni fierro, pero palpitaban dentro de un designio vital. Asombrado comenzó a caminar hacia el ara. Lo mismo que un océano, todas esas extraordinarias formas del arte, coloridas y luminosas, se asemejaban a diminutas olas y sinuosidades que, individualizadas por un breve instante sobre la superficie marina, sin embargo, prolongaban a la vista otra cosa menos evidente: una misteriosa, intuida y profunda unidad. Y como él era también una olita más dentro de ese mismo océano, en cualquier momento ese mismo océano se le acercaría a él en la manifestación de una forma singularizada e intencional. 
¿Quién o qué está en posición de derrocar una fuerza invisible? Y esto es precisamente lo que nuestra fuerza es.
Esta frase extraña acuñó repentinamente su pensamiento. Como extensión de ella, Ildefonso distinguió a su derecha, en diagonal, el mausoleo de Julio II; en el centro, como si una luz interior la hiciese resplandecer por sobre el entorno en penumbras, la imponente figura sedente del Moisés de Miguel Ángel. Las pocas personas que se encontraban observándola se alejaron a medida que Ildefonso se acercaba. Recordó que alguna vez había leído algún libro de Freud sobre el Moisés, pero ahora todo aquello se le hacía indistintamente actual y confuso. Sintió que una vibración eléctrica bajaba desde la coronilla hasta sus pies. Esto delante no era una escultura de mármol. Era un ente vivo. Un ser intranquilo, apesadumbrado, contenido, escéptico, que se aferraba a unas tablas divinas que pugnaban por caer y romperse. ¿A quién o quiénes contemplaba hacia un lado? ¿Al pueblo judío, adorando el becerro de oro?... ¡Ya no! Contemplaba el mundo. De pronto, con una sola mirada, comprendía el siglo XXI, ¡el planeta Tierra!... EL OCÉANO… ¿DÓNDE CRISTO?...
Ildefonso alcanzó por un breve lapso a observarse a sí mismo: ¡enloquecía!... Respuesta instantánea: ¡Jesús enloqueció hasta dejarse crucificar!... Era inevitable, porque éste era el único Camino, la única Verdad, la única Vida. Su vista se dirigió hacia la cabeza del Moisés, entonces dos olitas en forma de cachos se materializaron sobre su testa. Nuevamente los archivos de la memoria le informaron que había leído sobre aquello: representación simbólica de rayos de santidad e iluminación, o legado de representaciones de dioses escandinavos, o tradición eclesiástica medieval, o error hermenéutico de San Jerónimo, y otras cosas más que acabaron igualmente sin sentido… ¡Eran representación de la Dualidad en el ser humano y divino!... ¡Representación del Bien y del Mal en el ser humano y divino! Aquel diminuto cuerno desviado hacia la izquierda representaba la humanidad desviada en el Mal de Dios… ¡EL MAL DE DIOS!...  ¡No a pesar de Dios, como nos quería convencer San Agustín, sino EL MAL HIJO DE DIOS –surgido de una sola y misma cabeza--, desviado, sin miedo ni vergüenza!...
IUS VIS[1]… IUS VIS…
Resonó dentro de su cráneo. Las campanas de la basílica comenzaron a repicar con una fuerza inusitada.

El año 15, en el período de Mesut-Necheru, día 2, bajo la majestad del faraón del Alto y Bajo Egipto, Ikhnaton.[2]
--Abiertas están las puertas del cielo, abiertos los cerrojos de las puertas del templo. ¡La casa está abierta para su señor! ¡Que salga cuando quiera salir, que entre cuando quiera entrar!
El faraón, después de proferir guturalmente estas mágicas palabras, retiró el ankh de oro de la cerviz del joven hombre que se humillaba de rodillas ante él. Luego dejó caer suavemente los cetros Nejej y Heka sobre los hombros desnudos y húmedos del varón. Con los ojos cerrados, apoyando sus palmas una con otra ante su pecho erguido, meditó un minuto, mientras el poder divino se transmitía para siempre del Cielo a la Tierra, y volvía de la Tierra al Cielo. Sólo el silencio de un abismo sacro eternizaba el instante en la ciudad templo de Karnak. Solos Ikhnaton y Moisés dentro de la colosal arquitectura de piedra y fuego. A sus espaldas el lago sagrado, inmóvil, resplandecía con un azul acerado. Atón ardía en lo alto, en medio del cielo, el Único. Nadie más. Solos Ikhnaton y Moisés. Atón, el único Dios.
--¡Ve, Moisés!... ¡Sólo el Único Innombrable puede ya enseñarte el Camino!...
El faraón lo despidió con un abrazo y con lágrimas en sus ojos teñidos de khol azulino. La figura de Moisés se perdió entre nubes de arenas del desierto, caminando lentamente con su delgada figura cubierta por una túnica parda, y el nemes de Ikhnaton anudado en torno a su cabeza.

Era Senghor. Al menos físicamente era Senghor Cisse Aubert. Estaba ahí ante su puerta, con una mirada indefiniblemente extraña. Ildefonso se replegó como un cangrejo; pero Cristo no podía rechazar a otro igual… ¿Igual?... Ni siquiera Cristo hablaba del amor de un igual.  No se trataba de un amor presuntamente crístico a todos por igual. Entonces, ¿al cercano?[3]… ¿Cómo podía experimentarse cercano a alguien que se comporta de una manera tan extraña? ¿Era éste el mismo Senghor Cisse Aubert que había dejado la noche anterior en el bunker? Una incómoda sensación de que se le escapaba de todo lo conocido, de todo patrón de normalidad y cercanía despertaba en él su animal temeroso y ancestral.
--¡Ven!... ¡Ven conmigo!... –le dijo Senghor con una voz ronca.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar delante de Ildefonso, sin prestarle atención. Bajó veloz las escaleras, de manera que a Ildefonso le costó mantenerlo a la vista, si bien Senghor parecía saber cuándo esperar a Ildefonso hasta que volvía a serle visible. Se perdía entre la gente, atravesaba una calle, doblaba una esquina, pero siempre estaba ahí para guiar a Ildefonso. En un momento Ildefonso tropezó tratando de avanzar un poco más rápido; cayó rodando por el suelo. Senghor estiró la mano y lo cogió de un brazo para ayudarlo a levantarse. Ildefonso se incorporó y vio a su alrededor un lugar inesperado. No estaba en la ciudad. Se encontraba en las afueras, en un conjunto de construcciones de diferentes dimensiones y estado, en general dañadas, polvorientas y solitarias. Sólo a lo lejos se divisaban edificaciones presumiblemente habitadas.
--¡Ven!... ¡Ven conmigo!... –volvió a decir Senghor, mientras lo miraba a los ojos con una mirada penetrante.
Ildefonso escuchó un zumbido en sus oídos y experimentó una sensación nauseosa. No podía negarse a seguirlo, a pesar de que una resistencia interior se le hacía evidente. Se acordó de San Antonio Prisco, del abad Kumonar Ligetto, del Alma vegetal, de la mujer embozada bajo la luna, de Sehuoque, de la santísima Virgen María, de Yacumama…
¡Khalfani!... ¡Khalfaniiiiiiiiii!... escuchó una voz que, ya lejana, parecía irse apartando a gran velocidad allende su mente. Dos hombres armados salieron al encuentro de Senghor. Se detuvieron ante él y se lo quedaron mirando con atención. Senghor se volvió hacia Ildefonso y le dijo:
--¡No temas!... No te harán daño.
Ildefonso, sin comprender por qué Senghor producía ese efecto, confió en él, de modo que se dejó guiar por los guardias, así como por el mismo Senghor, que caminaba delante de ellos. Había un entendido entre Senghor y los guardias que Ildefonso no podía comprender, ya que actuaban coordinadamente, pero sin mediar palabras ni gestos. Además, era evidente que Senghor poseía un ascendiente sobre ellos como los de un superior. No bien había avanzado diez pasos, cuando se encontró sorpresivamente dentro de un recinto enorme, un óvalo de tierra rodeado por muros de metal bruñido, altos y brillantes, rematados por unas especies de almenas, en el cual la vista se sorprendía por todas partes con extraños y terribles espectáculos. Aunque el espacio se encontraba abierto hacia lo alto, el cielo no parecía cielo, sino una bóveda celeste, sólida. Ildefonso dio un paso hacia atrás, pues aquello que observaba le pareció irreal, aunque se sabía despierto y lúcido.
--¡Esto no es posible!—exclamó.
--Si esto que ves no te parece real, entonces ¿qué dirías de la verdadera realidad?—le respondió Senghor, ocultando su rostro tras una capa oscura con la que se cubrió de la cabeza a los pies.
--¡Senghor! …—iba a decir: me asustas--.
Una sensación ilógica, pero más certera que toda lógica, le hizo saber que Senghor lo protegía; que Senghor lo guiaba por un sendero peligroso y terrible de la realidad, como un guía experto y sabio conoce el terreno que pisa como conoce la palma de su mano. Un guía, cuyos recursos carecen de límites. Así, cubriéndose con aquella capa, lo protegía.
--¡Dios!, ¿qué es esto?...—gimió Ildefonso y cayó de rodillas al suelo.
--¡Mira!—respondió Senghor--… Todos aquellos que observas que hacen sufrir horriblemente a otros, son los mismos que fueron antes torturados horriblemente por los que ahora sufren … Todos aquellos que observas en aquel otro sector son quienes hacen sufrir a otros porque necesitan hacer sufrir a quienes les inspiran malos sentimientos… Y todos los cuerpos, miembros y fragmentos de aquellos que yacen en la inmensa fosa común que ocupa el centro de todo son los de aquellos que después de sufrir, murieron.
--¡Pero, ¿quién dirige todo este horror?!... ¿Por qué no lo detienen?... ¿Cómo nadie hace nada para evitarlo?...
--¡Imposible!... ¿Cómo podría evitarse la naturaleza humana?... ¿Cómo podría evitarse su historia y destino?... ¿Quién sabe realmente QUIÉN está detrás de todo ESTO?...
--¿Dónde Cristo?—murmuró Ildefonso casi en un quejido.
--La misma pregunta en el corazón de cada persona produce un efecto diferente. El mismo Cristo en el corazón de cada persona produce un efecto diferente.
--¡Soy un sacerdote!... ¡Soy un servidor de Cristo!... No puedo quedarme inactivo ante tanta violencia, maldad y sufrimiento… ¡Aunque me maten, impediré lo que pueda impedir de esta locura!...
--¡¡¡Ildefonso!!!—gritó Senghor, mientras Ildefonso comenzaba a correr hacia el hemiciclo--… ¿Qué has impedido tú de todo este horror a través de tu vida?... ¿Qué podrías lograr realmente AHORA?...
En un solo segundo se reactivaron innumerables recuerdos de dolor, cercanos, pasados, antiquísimos, unos tras otros, y al mismo tiempo simultáneamente. Fue igual que un mazazo en el cráneo. Se quedó inmovilizado, temblando. La imagen de aquellas riadas de cientos de miles de humanos juntos que había contemplado en diversas partes del mundo, cada uno con una expresión de dolor única y diferente, caminando, arrastrándose, cargados con el madero de la existencia, huyendo de otros seres humanos… Y, por otro lado, aquellas imágenes vividas de pequeños e íntimos gestos, consoladoras palabras, besos, abrazos, que calmaron compasiva y amorosamente tantos instantes de sufrimiento de hombres y mujeres cercanos y prójimos –como decía Cristo--, pero que luego se disiparon en las tinieblas del desconsuelo del alma como se disipa el instante en el minuto siguiente. ¡Eso sí que era miseria!... Porque tapar con la palma de la mano por un segundo la piel adolorida de otro ser humano era fácil, era emocionante y efectivo. Pero fundir la piel macerada y en descomposición por el sufrimiento profundo de un hombre y de una mujer, con la piel lozana y brillante de uno que ha logrado la paz, es ¡imposible!...


[1] Latín: (lit.) FUERZA-DERECHO, o, DERECHO DE LA FUERZA.
[2] 1335 a.C.
[3] En el original: tÕn plhs…on. (Mt. 22:39) “Amarás a tu cercano como a ti mismo”.

viernes, 30 de marzo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VI-2)




20 de Julio de 1785, en las afueras de Reeburgo, en el distrito prusiano de Maguncia… El cura Peer Lancelot esperaba a medianoche, entumecido bajo la lluvia, a su camarada Adam Weishaupt, quien lo había citado justo en el punto donde ahora se encontraba, salpicado y guarecido a medias bajo su negro paragua. Estaba nervioso y se movía dando unos pasitos hacia uno y otro lado, mientras miraba hacia el camino apenas iluminado por la farola del último portal, bajando el paragua a la altura de los ojos. Se escuchó un trueno a lo lejos. Tomó el crucifijo que colgaba en su pecho y lo besó. En ese momento alguien lo cogió por el hombro. Se dio media vuelta de un salto, a la vez que daba un paso hacia atrás.
--¡Soy yo! –escuchó la voz susurrante de su amigo, que se protegía de la lluvia bajo un grueso capote.
Lancelot se quedó mudo como si no creyese que se trataba efectivamente de Weishaupt. Éste alargó ambos brazos y estiró sus palmas bocabajo. Lancelot se tranquilizó, estiró también sus palmas bocabajo, y se acercó a él para abrazarlo.
--¡Espera! –exclamó con brusquedad su amigo, haciendo resonar sus tacones. Le clavó con firmeza sus grandes y aquilinos ojos azules.
Los labios sonrientes del sacerdote Lancelot se contrajeron de inmediato.
--¡Antes que nada necesito una respuesta tuya, y bajo juramento!
Lancelot primero asintió con la cabeza, luego agregó:
--¡Me asustas, Adam!... Pero ¡sí!, pregunta, pregunta lo que quieras…
--¡Jura por el Innombrable que me dirás la verdad, de lo contrario, morirás!... ¡Aquí mismo morirás!
Lancelot miró hacia todos lados, luego respondió:
--¡Por Él, el Único Señor y Rey que todo lo ve, juro que diré sólo y toda la verdad!...
Se produjo un silencio que rompió un fortísimo trueno, después del brillo fantasmagórico del relámpago.
--¡Eres un traidor!... ¡Quieres entregarnos!... ¿Adónde irás después de que terminemos esta reunión?...
El prelado lanzó una risita, se aferró al crucifijo de su pecho, volvió a reír sardónicamente y respondió atropellándose con las palabras:
--¡Imposible!... ¡Absurdo!... ¿Quién te ha dicho eso?... ¡Por Dios, Adam!, ¿cómo puedes decirme esto?... ¡No tiene sentido!...
Weishaupt dio un paso atrás en el preciso momento que se desprendía un estruendoso rayo desde el cielo oscurecido; cayó rasgando el espacio con horrible chirrido, justo sobre el paragua y la cabeza de Peer Lancelot, matándolo instantáneamente. Weishaupt lo miró tirado e inmóvil sobre el lodo, mientras el presbítero todavía humeaba bajo la lluvia que rebotaba impasible sobre su cuerpo muerto; luego se alejó, arrebujándose bajo su abrigo.
Todo parecía haber concluido. Sin embargo, tres días después, la policía recibió, de parte de los parroquianos que habían retirado el cuerpo del lugar, un legajo de papeles que habían encontrado cocidos al forro de su capa. Era la lista de los líderes de la sociedad secreta que compartían Weishaupt y Lancelot, además de otros documentos altamente conspiratorios.

Ildefonso, sentado en un banco del bulevar de la Via della Conciliazione, cerró el libro que justo terminaba de leer en ese instante. Solón Vitrubsky, su amigo literato, se lo había prestado con enigmáticas recomendaciones. Una ráfaga de viento otoñal lo animó a subirse el cuello de su gabán marengo, al tiempo que levantaba su mirada inquieta hacia el fondo de la avenida, donde alcanzaba a divisar el domo blanco y reluciente de la Basílica de San Pedro. Resonancias se dejaban oír en su interior como esas olas que al retirarse de una costa empinada arrastran por debajo, con un sonido inquietante y sordo, un monstruo de piedras invisibles. Las convergencias de mundos paralelos, íntimos y extraños, prolongados desde un pasado inconexo (pero evidente) que se desaguan en un fluido vital, genético, denso y sin tiempo, repentinamente identificados con uno-ahí.
Pietro Sabbihondi, reconocido fiscal adjunto de la Procuraduría de Roma avanzaba a paso veloz por la Piazza del Popolo. Miró su reloj de pulsera e hizo una mueca de desagrado. Llegaría por lo menos diez minutos atrasado a su cita con el presbítero Ildefonso Delenikas Tatay. Su gesto adusto, los anteojos rebajados casi hasta la punta de la nariz, la corbata caída hasta el segundo botón abierto de la camisa, el portafolios desbordante que apretaba fuertemente con ambas manos a su costado izquierdo y la cabeza gacha sobre sus zapatos, evidenciaban el malestar que ya traía desde antes, de su reciente diligencia en la comisaría, al que ahora, más aún, se agregaba el disgusto que le causaba el ruido, junto con la escandalosa y desafiante actitud de la multitud que gozaba con el segundo concierto internacional de música de la Nueva Fuerza alrededor de la plaza, agitando banderas tricolores, alzando pancartas negras y rojas, saltando y agitando los brazos y piernas como una ola negra y calva. Sin mayor motivo, mientras rumiaba su malestar, había comenzado a repasar sus desaciertos de los últimos veinte años, aunque no siempre los había considerado como tales, sino que por una tendencia adquirida o instinto profesional había siempre buscado culpables, responsables y criminales que explicasen incluso sus propias dificultades y contratiempos. Como pesados fardos sobre sus hombros y espalda se le venían cayendo encima los recuerdos de tantos capos de la mafia, terroristas, nombres criminales grandes y pequeños, los presuntos implicados en el gobierno, en las fuerzas armadas, en los partidos, en el empresariado, en la poli  y en la banca, pero sobre todo su mayor dolor de cabeza, el magnicidio de Juan Pablo I, que se le había reasignado después de tantos años de archivamiento y silencio, pero cuya investigación, tras una y otra nueva diligencia y procedimiento judicial, se venía entrampando más y más en un laberinto de profunda oscuridad, de suspicacias, de amenazas y entorpecimiento generalizado. “¿Y si hubiese llegado la hora de retirarme?... Pero ese solo pensamiento lo puso todavía de peor humor. La música electrónica estalló por los altoparlantes. Los enardecidos jóvenes skinheads lanzaron un grito delirante al comenzar a escuchar el riff de Highway to Hell de AC/DC. Sabbihondi sintió un dolor fulminante en medio del pecho, dejó caer el portafolio al suelo, se llevó la mano a la garganta.
--¡Mierda!—exclamó, y se desplomó sin vida.
Gianpiero Ivanhoi, líder de la banda de RAC Omega1, desde lejos lo vio caer al piso, y lo reconoció. Entonces comenzó a gritar haciendo repetidamente un saludo fascista con el brazo extendido hacia Sabbihondi, mientras la multitud lo acompañaba, aullando al unísono con él:
--¡Viva!... ¡Viva!... ¡El cerdo ha muerto!... ¡El cerdo ha muerto!... ¡Sabbihondi el cerdo!...  ¡Uhuhuuu!... ¡Sabbihondi ha muerto!... ¡Uno menos!... ¡Uno menos!... ¡Uhuhuuuu!...

Ildefonso se metió con desagrado la mano al bolsillo para extraer ese bicho electrónico que con tanto recelo se echaba muy ocasionalmente a la faltriquera. ¿Por qué la inquietud a veces se transforma en una especie de clima que envuelve tanto y tan completamente el mundo personal que los acontecimientos próximos, así como los lejanos, son alimento necesario para esa inquietud existencial? Hay estados mentales que logran convertir la realidad entera en la prolongación y materialización de ese estado mental. Nada en su registro de mensajes. A nadie, sin embargo, Sabbihondi podría no inspirarle inquietud. Nadie que conviva con la corrupción humana puede no acabar siendo también sospechoso de corrupción, o al menos, inquietante. Un vagabundo de edad avanzada, con las barbas negruzcas, hediondo y sucio, se acercó a Ildefonso; le estiró entre su dedo índice y pulgar una flor granate de crisantemo. Ildefonso sonrió, se acercó al hombre y, con lágrimas que enturbiaban su vista, lo abrazó. El hombre se revolvió con horror, empujó hacia atrás a Ildefonso y comenzó a gritar, furioso:
--¡Satanás!... ¡Beelzebub!... ¡Absalón!... ¡Aléjate!... ¿Qué quieres de mí?... ¡Señor del Mal!... ¡Vade retro!...
Se dio media vuelta, salió corriendo, agitando los brazos en el aire, como si estuviese espantando engendros voladores; daba saltos hacia uno y otro lado para esquivar golpes invisibles.
Ildefonso se quedó con la flor en la mano, contemplándola. Sin razón aparente los pétalos comenzaron a caer hacia el suelo; primero unos pocos, gradualmente; luego más y más, veloces y en mayor cantidad, hasta que se quedó con el tallo desnudo, el cual rápidamente comenzó a marchitarse cobrando un color grisáceo; se deshizo entre sus dedos y se desprendió de ellos en forma de menuda ceniza que se llevó el aire. Una dama de baja estatura, octogenaria, bien peinada con blancos cabellos, se acercó a Ildefonso y sonriente le estiró el libro que había dejado abandonado sobre el banco.
--¡Padrecito!... ¿Cómo dejar atrás la historia de nuestras vidas?... Nada podría realizarse en el futuro si no conoces tu pasado. Se ve que lleva prisa.
Ildefonso miró a la señora, luego el libro. La dama contemplaba a Ildefonso sin dejar de sonreír. Él asintió con la cabeza e hizo una venia. La mujer entonces se alejó por la calle a paso lento, con una expresión de satisfacción. Ildefonso bajó la vista hacia la tapa del libro y leyó, escrito con letras azules sobre la imagen de la cámara funeraria de Tutankamon: Los Secretos del Priorato de Sión. J.J. Negro. Se sobresaltó con el aullido repentino de una sirena de ambulancia que trataba de abrirse paso por alguna calleja cercana atestada de vehículos y gente. Ildefonso tuvo la certeza de que Sabbihondi no llegaría; es más, una sensación penosa le hizo intuir que había tenido un problema, y hasta algo más… El celular vibró en su bolsillo. Lo sacó con la esperanza de encontrarse con un mensaje del comisario. Leyó el mensaje de un número desconocido:
¿Dónde Cristo? Te vigilan
Primero pensó que se trataba de una broma, pero una voz interior le señaló que aquello era más serio de lo que parecía. La inquietud. La inquietud que aparecía por aquí y por allá, ubicua. ¿Dónde Cristo? le producía una desazón mucho más intensa que Te vigilan. Ya hacía tiempo que sabía que todos somos vigilados de una u otra manera. Pero la pregunta por Cristo era muchísimo más que una pregunta… Era una advertencia, una amonestación, una profecía, una burla, una súplica, un acertijo y tantas cosas más. Comenzó a caminar entre la gente extraña, por arquitecturas extrañas, bajo un cielo pálido y extraño. Los Secretos del Priorato de Sión, resonó como un ¿Dónde Cristo?; se miró las manos: estaban vacías. Miró hacia atrás, buscando el legado de sus huellas, pero no vio nada más que pisadas de extraños que no le expresaban otra cosa que inquietud. Esto ya le había ocurrido varias veces en su vida; pensó que su vida misma era esto: una sucesión de estados de progresiva y creciente extrañeza, una derrota invasiva de la razón… Le hizo SENTIDO. ¿Adónde conducía esto? ¿Adónde caminaba en ese mismísimo instante?
Está bien, Cristo puede no ser más que un hombre, un símbolo, un concepto, un hecho histórico, un agente, pero DIOS… ¿DÓNDE DIOS?...
Como réplica, una especie de voz interior retrucó:
¿Y si Dios se busca a sí mismo en mí, de la misma manera que yo me busco a mí mismo?...
De inmediato se avergonzó de su torpe pensamiento. Era ridículo atribuirle a Dios incompletud, desorientación y sumisión a Ildefonso. Algo así como una risa se escuchó en su cerebro; algo así como un ¿Dónde Cristo?... Concluyó: Siempre Dios, por necesidad, es inconmensurablemente la proyección de uno mismo y de lo meramente humano que aspira a trascenderse a sí mismo, aunque DIOS pueda estar detrás de TODO, y hasta muy lejos de TODO.
Y descansó como en un séptimo día sobre este pensamiento. Y ya no pensó más en esto. Pero la inquietud se enroscaba alrededor de él, al igual que la serpiente del Edén, apretando con otro anillo en algún lugar sensible de su alma. Debía vivirlo, no sólo pensarlo ni sentirlo. Entonces se mostraba ALLÍ la extrañeza, semejante a un socio existencial de la inquietud.
Sin darse cuenta cómo, se encontró ante la fachada de la basílica de San Pietro in Vincoli. “Lo probable no es necesariamente cierto, ni la verdad siempre es probable.[1] Esa frase, leída unos veinte años ha, se instaló inopinadamente en su espíritu. Ildefonso había logrado, después de tantos años y tantos aprendizajes, que su mente profunda espontáneamente develase, cual un taumaturgo al que no se le opone ni resiste su mente conciente, su realidad extrínseca. Siguiendo un viejo impulso y costumbre, entró a la basílica para rezar por Sabbihondi.



[1] Freud S., Moisés y la Religión Monoteísta: Tres Ensayos, Librodot, p.8.

viernes, 16 de marzo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VI)



“¿Quién me escucharía
entre las cohortes de ángeles, si grito?
Y aun cuando en su propio corazón, de súbito,
me tomara alguno, me aniquilaría su ser más poderoso.
Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.
Terrible es todo ángel. Por eso me callo
y de mis oscuros sollozos el clamor ahogo.
¡Ay! ¿De quién podemos valernos? No de ángeles ni de hombres.”[1]


Deir Ezzor. Abril 23 de 201_, 3:04 P.M.(GMT). Ildefonso camina entre las ruinas de la ciudad. En el horizonte, extensas bandas de nubes grises se recuestan pesadamente, privando al sol de su luz. El siroco avanza resiliente a través de los orificios que los proyectiles esculpieron en los muros de cemento. A veces, produce el silbido de una melodía no humana, indiferente a las irrecuperables historias de destrucción; otras, alargándose en minutos eternos, sólo profundiza el silencio hacia tierras más hondas de lo que nadie conoce. Se han ido, no quedan mujeres, ancianos, niños; ni siquiera la copa verde de un jacarandá quemado en una plazoleta ahora sin nombre; menos aún el tallo de una margarita silvestre o el llanto de un perro solitario.
Unas decenas de metros más adelante, desde un callejón casi bloqueado por restos de automóviles, montones de tierra y bloques de construcción, sale corriendo veloz la figura de un hombre joven. Se escucha a la distancia el traqueteo de un fusil que dispara una ráfaga. Ildefonso se detiene y observa al hombre que corre justo en dirección a él. Viste un uniforme militar gris de camuflaje, su cabeza está cubierta con un shemagh oscuro, dejando sólo sus ojos a la vista. Con una sola mirada Ildefonso presiente la singularidad de aquel hombre. Con una sola mirada comprende lo que debe hacer. Gira su vista hacia un costado, le hace una seña con la mano para que lo siga, y se adentra por el boquete de un obús en una muralla. Avanza entre ruinas y escombros polvorientos. Vuelve su vista atrás y alcanza a distinguir su paso decidido, siguiéndolo. Ildefonso se mueve como un felino ágil entre los fragmentos de la ciudad hasta que alcanza un atrio enlozado, descorre un bastidor de los muchos que abundan en el suelo, levanta un portalón camuflado en el piso, espera al hombre, le señala la entrada hacia un subterráneo, y luego de que éste bajase la cabeza para entrar en él, Ildefonso lo sigue, cierra desde dentro la tapa y comienzan a descender por un escala de piedra, alumbrados por una linterna que Ildefonso ha cogido desde una repisa, junto al remate de la escala. Hasta ese momento ninguno ha proferido una sola palabra, como si hubiese entre ellos un lenguaje más eficaz y significativo. Descienden al menos tres niveles más, hasta que se encuentran con una puerta de fierro. Ildefonso coge una manija giratoria, la hace rotar varias veces hasta que finalmente tira de la puerta y se abre. Adentro, un habitáculo de unos tres por cinco se encuentra habilitado cómodamente como un departamento residencial, incluso con su generador eléctrico propio. Ildefonso se sienta sobre una cama y le señala al hombre un sillón cerca de él. Sentados, se quedan mirando en silencio por algunos segundos. El hombre se echa atrás el shemagh y, arrojando un suspiro, exclama:
--¡Me has salvado la vida!...
Ildefonso sonríe.
--Dios me puso en el lugar preciso, en el momento exacto…
--¿Dios?... ¿Qué Dios?... ¿Cuál es el tuyo?...
Ildefonso iba a responderle “El Dios de todos”, pero una viva intuición lo detuvo: aquel hombre no era el hombre común que procesa la realidad con esquemas y conceptos prestablecidos. De pronto, cada palabra cobraba una profundidad y una densidad que hasta entonces no había experimentado, sino por breves momentos. La sonrisa dio paso a una expresión de preocupación y seriedad. Volvió a mirarlo a los ojos y se percató de que en ellos podía vislumbrar un paisaje extraordinario que se abre y se oculta al mismo tiempo dentro de una niebla brillante y singular.
--Algunos años atrás te hubiese respondido “soy un sacerdote jesuita” y mi Dios es el Dios de los cristianos. Hoy sigo siendo sacerdote jesuita, sigo creyendo en Jesús, nuestro Salvador e Hijo de Dios, pero también creo en tantas otras cosas que de cierto ya no sé realmente en qué creo…
El hombre joven, cuyo rostro cetrino de grandes y profundos ojos oscuros daban cuenta de herencias orientales y negras, sonrió a su vez:
--¡En el lugar preciso, en el momento exacto!… ¡Eso es todo!...
--¡Perdón!... ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?... ¿De quién huías?...
--No huía. Más bien te buscaba, amigo.
--Sí, tiene sentido… Algo.
--Quieren matarme…
--¿Qué has hecho?...
--¡Desafiar los poderes del mundo!
--¿Cuáles?
El hombre guardó silencio. Bajó la vista por primera vez; en su rostro joven se vislumbraban movedizos tornados de emoción. Se aferró con ambas manos a los brazos del sillón.
--¿Puedes ayudarme?...
--¡Sí!... ¿Cuál es tu nombre?...
--Senghor Cisse Aubert…
--Yo me llamo Ildefonso Delenikas Tatay.
--¿Puedo quedarme aquí?
Ildefonso se quedó mirando a Senghor, al tiempo que volvían a acontecerle esas extrañas sensaciones cargadas de un desusado sentido. Primero comenzó a asentir con la cabeza, luego respondió:
--¡Sí!... ¡Sí!...
Senghor se dobló hacia adelante, como si estuviese saludando o agradeciendo a Ildefonso; luego se dobló hacia atrás, golpeando con fuerza su cabeza contra el respaldo del sillón. Su cuerpo se tensó rígido y sus globos oculares giraron hacia atrás. Comenzó a convulsionar. Ildefonso se acercó a él y separó el pañuelo que se arrollaba en su cuello. Supuso que se trataba de un ataque epiléptico, de modo que tomó las precauciones para que Senghor no se dañase y esperó, elevando una prez al Señor. Después de unos tres minutos Senghor comenzó a despertar. Al ver a Ildefonso junto a él, con su mano entre las suyas, sonrió.
--¡Todavía estás aquí!—exclamó con voz cansada.
--¡Tú te quedarás aquí!... Eres un hijo de Dios y te cuidaré como a un hermano…
--¡No sabes lo que haces, Ildefonso!... ¡Yo no soy ningún hijo de Dios!... ¿Y si fuese el Diablo mismo mi padre?...
--Aun así serías hijo de Dios, porque no existe ser en este Universo que no sea creatura de Dios, al servicio de Dios… Hasta el mismísimo Diablo lo sirve haciendo el Mal.
--¡Ildefonso, Ildefonso, no sabes lo que haces ni lo que dices!... Pero te estoy muy agradecido del ofrecimiento que me haces.
--Descansa, Senghor… Mañana hablaremos, pues creo que nos hemos encontrado para compartir algo grande…
Ildefonso instruyó a Senghor sobre el uso de las instalaciones; le dio un par de advertencias, ya que era evidente que no dejarían de buscarlo, y salió por otro pasadizo para evitar a sus seguidores.
En la medida que Ildefonso se convencía y se estremecía de que el mundo fuese más mental y conciencia, que físico y material, el mundo también respondía más y más mental y conciente, replegando la materialidad y legalidad del universo a un mero telón de fondo, difuso y subordinado a la Mente. Le era evidente que Senghor había surgido más de un sueño y de su propio inconciente que de una causalidad azarosa y local. Era más fácil que Senghor alzase el vuelo por los aires a que se desplazase por el espacio como cualquier mortal dormido. Senghor era el ángel, no el humano. Senghor materializaba la propia mutancia interior de Ildefonso. Senghor creía más en el Ildefonso trascendental y poderoso, que Ildefonso en sí mismo. Dos días después, él le diría, tomándole la mano para despedirse: “Las cosas significativas en las que debes centrar y concentrar tu conciencia, tu atención y tu mente, no están donde te obliga a estar tu conciencia, tu atención y tu mente.”
¡Qué fácil podría haberle sido calificar a Senghor de “pobre loco epiléptico”, y haber continuado deambulando por el mundo de todos; el mundo indiscutido e indiscutible por una larga y autorizada Historia humana y natural!... Jesús, su Señor y su Cristo, ahora, precisamente ahora, se parecía más a Senghor que al Papa, incluso que al mismísimo evangélico Jesús de Nazareth. No era de extrañar, entonces, que aquella primera noche Senghor viniese a visitarlo y a buscarlo en sus sueños. Esta vez, montados sobre el lomo de una libélula de jade (Ildefonso) y de un escarabajo de oro (Senghor), viajaron al país de la infancia. Aquello era tan real como la palma de la mano y la punta de la nariz. Juntamente tan irreal como el paso del tiempo, es decir el presente. Por alguna ignorada razón Senghor parecía conocerlo todo, o al menos casi todo. Primero le dijo, contemplando por los alrededores, que no lo conduciría en esta ocasión con Feliciano, porque eso era un tema mayor. Entonces le tomó la mano y se trasladaron instantáneamente a la mitad de la plaza de su pueblo natal de Nvardolenk. ¡Oh sorpresa!... Su casa estaba ahí, su familia, la Madonna, Yamil, Falushka, Leonidas, Igor, Sussanne, el abuelo de la mano de la abuela, ¿qué hacían todos ahí, en medio de la plaza, a la vista de todos, sin murallas, sin techos, pero viviendo en la misma casa, como si nadie los pudiese ver?... Senghor extendió su brazo y su mano abierta en un movimiento de abanico, señalándole aquello que se ofrecía a su vista.
--¿Qué hacen?—exclamó Ildefonso.--¿No pueden ver que todos los están mirando?...
--¡Sólo tú lo sabes, ahora…!
Ildefonso pensó por primera vez en la desnudez de su madre y de su padre, de su abuelo y de su abuela. Pensó en las vergüenzas, las intimidades, los actos morbosos, pecaminosos, sucios, íntimos, secretos que hacemos todos los seres humanos en la soledad y anonimato de cuatro paredes, o en la ausencia de otros.
--¡Todo el mundo nos ve!...
--¡Todo el mundo nos ve!—confirmó Senghor.
--¡Todo el mundo nos ve!... ¡Todo el mundo nos ve!... –Escuchó Ildefonso que se iban sumando innumerables voces, por todas partes, desde todos lados, incluso desde el cielo y de abajo de la tierra.
--Son los ojos de Dios, los infinitos ojos de Dios, que jamás se cierran y a los que nada escapa invisible.
Ildefonso se dejó caer de rodillas al suelo, abrumado por la maravilla de la inmensidad de los seres que poblaban las moradas del Universo.
--¡Pero yo no soy nada!—exclamó, con lágrimas que caían repetidamente de sus ojos.
--¿Y qué harás con esa certeza, Ildefonso?...
--¡Dios me ama!... En mi absoluta insignificancia, y hasta en la irrealidad de mi persona, aun así me ama.
--¡Oh, tú y yo, pequeñas insignificancias, ¿qué podremos hacer con ese amor?
--¡Soñar, soñar, soñar… que estamos vivos, que este mundo es este mundo, que la muerte no es el fin, y que debemos hacer el bien y amarnos unos a otros como a nosotros mismos!
--¡Duerme, duerme, mi niño!... ¡Sueña, sueña, mi niño!... ¡Dios te ama!...
Ildefonso se despertó sobresaltado, con el corazón dando tumbos. Se arrodilló junto a su cama, apoyó la frente contra el mullido colchón y con una dolorosa sensación de angustia comenzó a gemir.
¿Qué soy yo, ínfima sustancia sin sustancia?... Amando a un Dios porque me ama, pero cuya humanidad protectora se va diluyendo realmente con el paso de cada día… Al final de esta ruta interior no sé si pueda llegar a ser algo más que una nada que no consigue despertar. ¿Volverá una vez más a surgir una fe todavía más profunda y escatológica que desde su ciega y amorfa insustancialidad, desde su ininteligibilidad inaccesible me aliente a sostener el absurdo de una existencia incapaz de sostenerse a sí misma y por sí misma?... ¿Entonces, adónde me movería, si no puedo ver con facultad alguna el propósito, la dirección ni el sentido de mí mismo ni de la calígine que me rodea?... La suprema fortaleza de esta nueva fe, sin embargo, es la suprema humildad de entregarse a una realidad de la que uno mismo es su prolongación de realidad. La realidad se pregunta en mí ¿ADÓNDE?, y es ella misma la que debe responderse en mí DONDE… Es una torpeza infructuosa tratar de dividir la realidad en mí, con angustias, sufrimientos, creencias, optimismos o verdades. En mi raíz acabo no siendo libre YO, sino la REALIDAD EN MI YO es libre…
Alguien golpeó con fuerza e insistencia la puerta de entrada de su casa. Ildefonso se sobresaltó. Al mismo tiempo Ildefonso se vio a sí mismo sobresaltado, pero sin el más mínimo temor… ¿Quién tiene temor? ¿Quién no tiene temor?...


[1] Rilke, R.M., Elegías de Duino, I.