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viernes, 18 de agosto de 2017

AKARGHI (capítulo 134)



   
¿Cuál es la dirección del tiempo?... Dejemos que el sentido común nos responda; dejemos que los físicos nos den su explicación; que los sentidos, que la mente, que el mundo evidencien algo similar y hasta lo mismo… ¡Está bien! Pero cuando el espíritu y la conciencia tienen la palabra, las cuestiones del tiempo pueden llegar a ser muy diferentes…

Después que Akarghi había ayudado con sus siddhis (capacidades extrasensoriales) a encontrar y perder a mil prófugos de la corrupción de Tashi Aburghasim, muchos de los cuales habían terminado muertos, mutilados, torturados, chantajeados, humillados, degradados, y todo ello nada más que por proteger a Latniavira y a Prâsad, Akarghi se revisaba cada día más profunda y dolorosamente en su condición humana, espiritual y personal… ¿Estaba actuando bien? ¿Era lícito proteger a dos seres amados para dañar a miles? ¿Hasta cuándo? ¿Podía hacer algo diferente y hasta ahora impensado, como por ejemplo matar a Tashi Aburghasim, o buscar resolución en la magia, o simplemente partir y dejar todo y a todos atrás? “Las decisiones causan efectos; las acciones, reacciones; las causas, errores y sufrimientos; la libertad, indeterminación…” Así pensaba Akarghi, midiendo con cada facultad y sentido, igual que un felino que acecha su presa, el momento y la forma exactos de atacar la realidad. Meditaba, observaba, estudiaba, intuía con dedicación minuciosa cada partícula de realidad que alcanzaba a sus facultades y sentidos. Había llegado a viviseccionar sus actos con tal prolijidad que analizaba si mover un milímetro el dedo índice podría provocar consecuencias diferentes y hasta decisivas incluso para la humanidad, que si movía el mismo milímetro pero con el pulgar. Y luego las infinitas variantes que podía imaginar a esa misma situación o similar… Como mover dos centímetros, o tres, o más; o en una dirección el dedo o en otra; o mover dos dedos y no uno; o no moverlos en absoluto; o si reaccionaba con una emoción particular y no con otra, o lo acompañaba con un recuerdo determinado, o con un pensamiento u otro, o con una asociación mental u otras; o incluso algo más drástico, como tomar una tijera y enterrársela en la mano; y luego de ese minúsculo acto, que en realidad se subdividía en infinitos actos intermedios y graduales, con infinitas ramificaciones de infinitas alternativas y sus infinitas consecuencias, y sus infinitas co-acciones y co-hechos… ¿Qué podría ocurrir?... ¿Qué cambiaría con una u otra decisión y acto?... O, ¿qué debería ocurrir?... ¿Y si a eso le agregaba lo que estaba constantemente ocurriendo en su entorno, que interactuaba y que influía sobre su propia acción, estado, efecto y decisión, modificando accidentalmente sus propias decisiones y condiciones de vida, a veces incluso tan de prisa que era imposible realizar hasta el más mínimo análisis de situación, como cuando se comparte con una multitud de personas en un mercado, o durante un terremoto?...

¿Era eso humanamente abarcable, inteligible, consistente y positivamente asimilable, o simplemente posible?... Para una mente en condiciones normales y naturales aquello era, por cierto, imposible.

Así y de otras innumerables maneras Akarghi digería y avanzaba en su proceso existencial, porque si había dejado atrás Lamayuru, era no para volver al mundo, como quien reconoce un error y echa pie atrás, sino al revés, porque ahora sí tenía sentido para un ser humano existir en el mundo de los humanos: crecer en el espíritu y en la mente primero, para sólo después experimentar y sufrir el mundo… Mandukayani levantó su mano para exigir silencio a la multitud que hoy quería escuchar al joven bikkhu de Lamayuru: 

--La tercera etapa del Camino de la Verdad, mis hermanos, es preciso recorrerla después de la primera: abandonar el mundo a temprana edad o abandonar simplemente el mundo para trabajar la mente y la conciencia. Después, la segunda, en una vida solitaria y ascética, la unificación de la mente y de la conciencia con la realidad … La tercera, alcanzar los límites de la condición humana a través de la vivencia totalizadora del amor y del sufrimiento entre los hombres…

--¿La cuarta?... ¿Hay más?... ¿Y Buda, cuál?... –gritaron algunas voces.

--Buda hizo el camino de Buda… Yo sólo puedo hablar del camino que yo mismo he realizado; en el mío, Buda es mi Buda. En el tuyo, Buda es tu Buda… ¿Si hay más?... Aún no tengo nada que decir…

Akarghi escuchó murmullos y observó rostros inquietos, incómodos y confusos. Se dio media vuelta y se alejó apaciblemente del lugar.

Nada era indiferente, ni el más minúsculo átomo era indiferente, de principio a fin… De eso ya estaba cierto y conocido. Pero cuando se trataba de comparar una cosa con otra, de poner en la existencia diaria una cosa al lado de la otra, en interacción con la otra, era imprescindible establecer diferencias, categorías, jerarquías, sentidos y valores… Los átomos no solo coexistían, también colisionaban violentamente e influían poderosamente unos sobre otros… ¿Qué debo hacer?... Al volver a cada instante sobre el problema del hacer y del no-hacer recordaba una y otra palabra de Lao Tzu… “Aprender consiste en acumular conocimiento día a día; la práctica del Tao consiste en reducirlo día a día. Sigue reduciendo y reduciendo hasta alcanzar el estado de No-Hacer. No-Hagas, y, sin embargo, nada queda sin hacer.[1] Esto había sido durante tanto tiempo para él un poderoso y eficaz camino. Lo había aprendido en Lamayuru precisamente para dejar Lamayuru. Justo al salir de entre las llamas del monasterio del saber había comenzado su realización del no-hacer, haciendo. Pero ahora el camino del no-hacer lo había traído hasta el sometimiento a Tashi Aburghasim y la participación de su brutalidad. Siguiendo el maravilloso Tao no debería oponérsele – No-Hagas, y… nada queda sin hacer--, y sin embargo ¿era eso lo que debía hacer?... ¿Había algo, incluso más alto que lo moral, y más alto que el Tao o que el Dharma, que conminaba a intervenir activa e impositivamente sobre la realidad, pero desde el yo individual?... “¡Tengo que ir más allá, y más allá…!” Era su vocación, su necesidad, su habilidad, su fuerza hacerlo, como si el mismo Tao y el mismo Dharma pujasen más allá de sus propios límites (contradiciéndose) en este pequeño individuo (atta) llamado Akarghi.

Y volvía a cavilar y meditar, preparando el asalto. Porque entendía que las cosas a su alrededor tomaban cursos de acción según leyes naturales; pero él, por una parte, podía también ajustarse a ellas y acompañarlas, o bien oponerse, desviarlas y hasta modificarlas --¿cuánto?--… Ya había advertido que el inconciente tendía a ajustarse a un automatismo natural que era causado por factores biológicos, como la respiración o el ritmo cardíaco; o sico-biológicos, como los instintos o las emociones; o incluso sicológicos, como la atención o el pensamiento. En cambio el conciente con cierta facilidad podía desprenderse de su propio automatismo basal, y modificar los cursos naturales y pre-determinados de los factores ya mencionados, pero también de mucho más… Era violento y salvaje, brutal y arrasador el deseo sexual y erótico que Latniavira producía en él, eso era pura naturaleza, puro impulso inconciente y animal que inundaba su mente entera, pero su yo conciente, con total lucidez y hasta sin escrúpulo ni juicio ni oposición, se dejaba someter. Si quisiera podía alejarse de ella, dejar de sentir incluso esa endemoniada pasión –con cierta dificultad, pero en poco tiempo--, porque había ya trabajado previamente y reconocido cómo funcionan y cómo se modifican los resortes sutiles de su mente.


[1] Tao Te Ching, 48.

viernes, 11 de agosto de 2017

AKARGHI (capítulo 133)




--Siempre hay algo más allá, algo más grande, algo más verdadero, algo más poderoso, que aquello que se nos presenta como real y evidente: ¡Búscalo!... No es accesible, no es fácil, no estás preparado…

Con estas palabras el sabio Haripurna despidió a Akarghi de su flamboyán. Akarghi recordó su terrible amor por Latniavira, su pasión voluptuosa y sensual más furiosa y destructiva que todos los monzones y catástrofes vividas por él. Y también en ella, también en la perdición de los sentidos y la carne, en kamā-tahā (deseo por el placer de los sentidos) siempre había algo más allá, algo más grande, algo más verdadero, algo más poderoso que se transmutaba desde la profundidad misma de su lujuria y perdición, como una hebra de oro que sólo podía atraparse entre la profundidad orgásmica de las piernas de una mujer, si de verdad quería seguir adelante… ¿Cuántos, sin embargo, no zozobraban y quedaban sumidos en el divino lodo y mierda de ese placer por toda la vida, y vida tras vida, sin atisbar siquiera la hebra dorada de la trascendencia, la única que causaba que la putrefacción de la carne muerta resplandeciese engañosamente un instante eterno?... “Gozar, disfrutar, gritar de excitación y placer furiosa y descontroladamente sin esperar nada más: ni permanencia del placer, ni permanencia del ser amado, ni más placer, ni temor de perder el placer, ni identificación con el placer… eso es cuestión no de trascendencia espiritual, sino mera técnica, mera disciplina mental, como cualquiera otra…” Así le había respondido en una ocasión a la misma Latniavira, cuando, saciados sus bajos instintos una y otra vez durante una noche a escondidas y lúbrica, ella se extrañaba de que el sanyasin, el renunciante y ascético Akarghi, traicionase tan escandalosamente por ella sus votos de castidad, su decencia, su pudor y su fe.

Más allá…”, murmuró para sí Akarghi. Y como respuesta de un dialogante invisible ∞sin verme∞ un nuevo recuerdo lo asaltó. Harisha, el señor de los monos –como se denominaba a sí mismo--, en realidad un loco que corría sin descanso por las calles de Nirmla Jhar, un día se detuvo ante Akarghi, se arrojó a sus pies, se abrazó férreamente a ellos, y echándose a llorar habló como poseído por una fuerza extraña:

--¡Necesito morir, mi señor!... Ya mortifiqué decenas de años mi ego, hasta que cedió por completo y, en la suprema paz del abandono, dejé que todo pasara por mí sin oponerme; yo en todo, sin imponerle nada de mí... Entonces me dirigí al mundo para enseñarle a los pobres de espíritu que era posible, aun existiendo en el mundo, el abandono, pero el mundo me devolvió mi propia sombra, mi atta (yo) en los otros, y entonces reconocí que aún no había completado el circuito infernal del yo; que la purificación del yo jamás podía completarse en uno mismo… Que el infierno que encontraba en los otros era mi propio yo… Que nunca mi yo alcanzaría la perfección del anatta (no-yo), pues mientras hubiese un solo humano que sufriese, yo no cesaría de sufrir, y aunque hubiese un solo humano ruin e imperfecto, yo no podría alcanzar la perfección del no-yo, solo aquí, solo en este Todo donde mi yo podía eternamente sobrepasar el abrumador peso de sí mismo… A no ser que Brahman-Atman me sacase sin razón de esta dimensión y universo…

El loco lanzó una carcajada atronadora entre convulsiones de llanto, se levantó sin mirar a Akarghi y salió disparado corriendo hasta perderse de nuevo entre la gente. 

Akarghi también soltó una gran carcajada al recordarlo, como si Harisha le hubiese revelado el secreto de su llanto-risa. Miró a su alrededor y observó que todas las cosas lo contemplaban, igual como él las contemplaba. Y una vez más su mente, hilvanando profundamente circunstancias y vida, aportó nuevos recuerdos. Como una posta se entregaban unos a otros sus seres vividos algún testimonio que en parte le mostraba a él, con el lenguaje de la vida cotidiana, como si nada, un sentido y un sendero: la continuidad de un algo que parece simplemente vida. Y si trataba por un esfuerzo del intelecto, por un esfuerzo de la mera conciencia volitiva (y hasta con todas las facultades de su mente), de dilucidar el mensaje secreto, el código oculto en las costuras invisibles de la existencia diaria, no avanzaba más que en la incierta creación de conjeturas y tentaciones de conceptualizar y definirlo todo, y ya, con una instantánea respuesta-verdad. Pero la Verdad, al igual que su pez Koi, hablaba y al mismo tiempo se escabullía hacia adelante y hacia atrás, en el tiempo, en el espacio, en todas las dimensiones… “¡Om!... ¡Oh Absolutos, puedan mis orejas escuchar su palabra sin traicionar el ruido que torpemente alcanza a mis oídos. Puedan mis ojos ver lo que no puede ser visto por humano alguno, oh Invencibles!

Habían quedado como dormidas y enterradas aquellas lejanas palabras escritas y leídas en un manuscrito hermético e inquietante, de aquel no menos hermético e inquietante Farra-aj, abad de un Lamayuru ya inexistente∞¿Por qué la memoria acaba convirtiendo lo vivido en algo que no experimenta pasado, ni presente, ni futuro?∞. ¿Y si aquellos misteriosos y extraños seres que habían ido apareciendo en su vida cada cierto tiempo, de diferentes maneras y en muy diferentes circunstancias, fuesen algo más que personas comunes y corrientes mistificadas por una mente vivazmente fantasiosa?... Desde su fe infantil enseñada por sus padres, aprendida de la religiosidad multiforme y ubicua de tantos admirables hombres, de tantas maneras a su alrededor, y, por encima de todo, las confidencias que su propio corazón sensible le había aportado para creer intensa y confiadamente en la existencia de todos los dioses, así como en la Divinidad Suprema, Akarghi había recorrido un extenuante proceso gradual de repliegue hacia su interior. Primero fueron los mismos hombres y mujeres que ante sus ojos y ante esa misma sensibilidad ingenua y fogosa se fueron develando en motivaciones, intenciones, sentimientos, actos, palabras, inconsistencias, inautenticidades, supersticiones, apegos, pequeñeces, frustraciones, fantasías, mentiras, que sostenían ficticiamente la soberbia y aparatosa construcción de lo religioso, la grandilocuente espiritualidad de unas filosofías y creencias que, en realidad, sólo amparaban y alimentaban las inconcientes, egoístas y precarias limitaciones individuales… Hubo hombres notables, sí, que conmovieron y estremecieron a Akarghi con esa enigmática potencia que se irradia de un espíritu auténticamente trascendido, pero siempre como seres extraños, como livianos cuerpos de luz que al caminar flotasen sin tocar ni ser tocados por la religiosidad del hombre común, y hasta del hombre superior. Ellos mismos no hicieron más que radicalizar el proceso de extrañamiento religioso de Akarghi. Desconfió, como un animal que huele algo amenazante en el aire, sucesivamente de los templos, de las imágenes divinas, de los sacerdotes y sacerdocios, de los creyentes, de los rituales, de las procesiones, de los mantras, de los textos sagrados, de los panteones, de las tradiciones sagradas, de las manifestaciones formales, externas, sociales de religiosidad, y finalmente, como remate de todo lo anterior, de Dios… 

Por cierto, quien ha vivido este proceso conoce también el efecto doloroso y corrosivo para el alma, la mente, y la vida toda de uno mismo, así como de quienes conviven y se relacionan con uno. El vacío y la pus que queda de ello generalmente se lo denomina materialismo, ateísmo, nihilismo, y hasta, simplemente, realismo… Sin embargo, el proceso degenerativo en Akarghi no acabó allí, sino que su interior activo, como un poderoso radar, como un imán ardiente, como el chillido de un bebé que sin inteligencia conoce a su madre, como un cuchillo que se hace conciente de su empuñadura, al perder a Dios, juntamente se liberó de Dios, pero no de sí mismo

viernes, 4 de agosto de 2017

AKARGHI (capítulo 132)



   
Una vez más se había liberado de su attā (yo), de su apego instintivo y mental a la vida, a sí mismo; pero una vez más la Verdad lo había devuelto a las márgenes de su Río, como la flor del jacarandá se mece arrojada a la orilla de cualquier río. Su propia experiencia, o la experiencia que le había sido asignada, parecía revelar que los cinco pañcakkhandha (agregados) del Gautama sí eran ilusión --¡es cierto!--, pero el Camino hacia la liberación por la Verdad había que hacerlo a través de ellos, por el medio de ellos --¡otra manera de entender el justo medio!--, por el centro y vivencia mismos de la ilusión; sí de una manera peculiar y tal vez desconocida, pero ¡jamás renunciando a ellos!... Negar la existencia del attā (yo) le parecía tan arrogante e incierto como afirmar su existencia. Negar el valor de dukkhā (sufrimiento) para la evolución del espíritu era tan dañino como sufrirlo con apego e identificación. 

El Buda, lo mismo que Krishna, Patanjali, Sankara, Jesús, Lao Tsé, Confucio e innumerables otros iluminados que he conocido en mis andanzas han justificado la obtención de la Verdad indubitable y perfecta por el logro de un estado de iluminación y revelación supremos, por encima de todas nuestras demás facultades de conocimiento. Pero si algún ser humano pudiese realmente alcanzar un nivel tan alto de conocimiento, de suprema verdad e identificación con la Realidad, de unión con la Divinidad, entonces esa Verdad revelada sería una y la misma para todos, o al menos una muy semejante... Pero hay unos que revelan la Divinidad, otros el Vacío, otros la Nada, otros la Unidad, otros la Dualidad, otros la Inmanencia-Trascendencia, otros la Bienaventuranza, otros la Trinidad, otros el Huevo Cósmico, otros el Principio, otros el Caos, otros el No-yo, otros el Yo, y así sucesivamente…

Tirado sobre la arena y el lodo a la orilla del Godavari, o tal vez del Ganges, o tal vez del Turgusha, o del Yamuna, o del Kameika se confundían todas las verdades y todas las ilusiones, porque mientras más vivía, mientras más verdades indagaba en su interior y en otros, más evidenciaba la ubicua y total condición y acción deformadora y creadora de toda facultad y componente humanos… Haripurna el famoso yogui del árbol, discípulo de Ramaharammanashi, quien a su vez había aprendido las artes del siddhi (encantamiento) de los maestros ocultos del Loto de la Ascensión, había en su momento demostrado a Akarghi la imposibilidad de distinguir entre una cuerda y una serpiente; entre una representación mental y un objeto físico; entre un dios y un demonio...

Haripurna vivía sobre un flamboyán de doce metros de alto, en un pequeño rellano que se formaba en el remate del tronco principal, y que había recubierto con un mullido colchón de kusha y hojas verdes. Lo hacía así por varias razones; una de las más evidentes era la necesidad de huir del acoso de la interminable muchedumbre que buscaba disfrutar de los “milagros de Haripurna”… Tanta era la curiosidad, el interés y el asombro que despertaba entre las gentes, que se había visto en la necesidad de acoger a un gran número de discípulos, a quienes, más que enseñarles su don y su oculto saber, les asignaba la no menos trascendental labor de mantener alejada a la población que se disputaba por encaramarse hasta la cresta misma del flamboyán, pero también que insistían en vender, cantar, reírse, hablar en voz alta, gritar, quejarse, suplicar, rezar, predicar, pelear, hacer música, y tantas cosas más que interrumpían y alteraban su privacidad y profundo recogimiento. 

Haripurna sólo descendía por las noches del árbol, una o hasta dos veces cada mes durante el novilunio, para hacer sus escasas necesidades biológicas y sus abluciones en las aguas del lago Ashtamudi. Precisamente en una de esas caminatas hacia el lago, Haripurna se encontró a los pies de una pareja de pinos con Akarghi, que dormía acurrucado y cubierto con su manto granate. Akarghi soñaba que junto a él un mítico sabio, nimbado con una luz maravillosa y sutil, le enseñaba con una voz melodiosa y profunda: “A cada segundo, a cada instante estamos creando posibilidad de todo, primero de muchas cosas, las más cercanas, luego de tantas más en la medida que vamos realizando unas y no otras, sin detenerse ni un instante el movimiento caótico y progresivo de lo Otro indeterminado, y de nosotros, casi indeterminados por completo, mezclándonos, interactuando, provocando, disolviéndonos, creándonos…

Akarghi abrió sus ojos con una sensación de paz y regocijo.

-- Las aguas del Ashtamudi… Las aguas del AshtamudiLas aguas del Ashtamudi

Le pareció escuchar repetidamente de boca del yogui que se alejaba hacia la orilla del lago, brillando sutilmente el contorno de su desnuda figura. Akarghi lo esperó sentado en padmasana. Cuando Haripurna regresó en silencio y cabizbajo, después de haberse sumergido varias veces bajo las aguas, pasó a su lado, le dirigió una plácida mirada, y sin decirle ni una palabra, lo llamó en el corazón:

--¡Sígueme!

Akarghi lo siguió y se quedó sentado a los pies del flamboyán, meditando el resto de la noche. A la mañana siguiente el yogui lo invitó a encaramarse hasta su hogar. Una vez allí, Akarghi le preguntó derechamente por la Verdad.

--¡Míralos!... –exclamó el yogui, desviando la mirada hacia la multitud que volvía a agolparse lo más cerca posible, cuanto sus śiyas les permitía.— Ellos conocen poco y nada de la Verdad que tú buscas… ¡Déjenlos venir hasta aquí!—exclamó en voz alta a sus discípulos.

La gente corrió exaltada, chillando y empujándose ante la próxima novedad que el māyākāra (mago) les iba a deparar. Haripurna les pidió desde lo alto del flamboyán que se sentaran sobre la hierba y tomó desde un hueco de entre las ramas una especie de tronco cilíndrico de unos treinta centímetros de alto, en cuyos extremos se apreciaban sendas tapas de cuero tirante, amarradas a la circunferencia del madero. El yogui lo colocó entre sus piernas, como se pone un tamborín, cerró sus ojos, se concentró con una profunda y lenta inhalación, y después de unos minutos comenzó a golpear con sus nudillos, rítmica y lentamente, el tabla. Un dos… un dos… un dos… un sonido lento y grave se dejó oír vibrante, seductor y extraño, hasta bien lejos… Un dos… un dos… La multitud enmudeció… Un dos… un dos… Entonces desde lejos pareció escucharse algo así como un eco sordo… Un dos tres… un dos tres… un dos tres… El eco fue progresivamente aumentando hasta convertirse en un golpeteo atronador, grave, profundo, amenazante. La tierra y el aire se estremecían, temblaban, vibraban… De pronto la gente volvió su mirada hacia la derecha: una gigantesca nube de polvo se acercaba velozmente hacia ellos. Nadie se movió. Entre la nube marrón se divisó el movimiento arrollador de cientos de elefantes que corrían desordenadamente en estampida, haciendo sonar sus trompas con terribles trompetazos, hacia los miles de horrorizados humanos que los veían venir sin poder huir ni moverse. Entonces, cuando la tromba de paquidermos estaba a unos escasos metros y la gente ya presentía el monstruoso peso de sus patas y cuerpos aplastándolos como se apisona la hierba seca para formar un fardo, un golpeteo fuerte y corto del tamborín de Haripurna hizo desaparecer instantáneamente la visión colectiva, dejándolos a todos a punto de fallecer de horror, sin respiración y anonadados. La gente luego se tocaba sus cuerpos y se miraban unos a otros sin dar crédito a lo que acababan de vivir. 

Akarghi, que lo había visto todo (pero desde su posición y perspectiva), percibió de una manera extraña y nueva que todo aquello había sido juntamente, misteriosamente, inquietantemente… ilusión y realidad.