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viernes, 23 de junio de 2017

AKARGHI (capítulo 126)


   
La mañana soleada y luminosa alentaba a los dieciocho jóvenes sishyas a realizar, meticulosos y concentrados, la labor de caligrafía asignada a cada uno. Sentados en padmasana ante reducidos pupitres de ébano oscurecido, desplazando delicadamente el pincel y la tinta con la técnica de tres dedos, se asemejaban a un cuidado barbecho de brillantes setas rojas. El maestro Ryshakalapa se paseaba atento entre los discípulos, observando y corrigiendo con rigor el menor detalle técnico, o bien de realización y postura, incluso hasta de pensamiento y ánimo, pues debían orar cien mantras al divino Krishna al tiempo que realizaban su tarea, computando con la otra mano las cuentas de la rudraksha.

Akarghi cumplía cabalmente con los requerimientos del lama, pues amaba la caligrafía en la que volcaba su inconfesada vocación de artista, pero ante todo porque experimentaba la maravillosa sensación del involucramiento en la realidad del juego, y de la liberación de la agotadora autoconciencia que últimamente no lo abandonaba ni un solo instante, hasta en el dormir. Es por ello que al entrar al salón de estudios el abad Farra-aj, acompañado de Chien Tzu, Akarghi fue el único syshia que no levantó la vista ni realizó el saludo de rigor. Lo sobresaltó en cambio la voz casi furibunda de Ryshakalapa:

--¡Akarghi!...

Entonces vio la figura de Farra-aj y su mirada severa y sombría que lo recorrió de arriba abajo. Un terrible presentimiento atenazó su garganta. Chien Tzu dio algunas rápidas y cortantes instrucciones a los syshias para que dejasen la tarea y se pusieran de pie correctamente en línea, hombro con hombro, uno junto a otro. Los jóvenes corrieron a cumplir las órdenes, al reconocer asustados la inminencia del gravoso peso de la autoridad.

--Alguien ha entrado en mi despacho y ha robado importantes documentos… ¡Necesito saber quién fue!...

Primero Farra-aj lanzó una mirada quemante por encima de los syshias, como si estuviese culpándolos a todos. Los jóvenes comenzaron a temblar y mirarse unos a otros con el rabillo de los ojos, pero mantuvieron un férreo silencio.

--¡Quiero que me miren a mí!—gritó Farra-aj, al ver que Darshan bajaba por un momento la vista al suelo y que los demás hacían girar sus ojos.

--¡No saldré de aquí sin un culpable!—volvió a gritar Farra-aj.

Akarghi nunca había visto al abad descontrolado ni tan enfurecido. De inmediato se le vino a la memoria la furtiva acción que hacía una semana habían realizado con Kynpham en el despacho de Farra-aj… Chien Tzu lo sabía; ¿acaso no había dicho nada?... Además, ya había transcurrido una semana… Pero, sobre todo… ¡No hemos robado nada!... 

Farra-aj se acercó al primer syshia de su derecha, lo miró con intensidad a los ojos; Shauri comenzó a tiritar casi imperceptiblemente. El abad esperó sin decir una palabra, sólo sosteniendo la mirada. Shauri apretó con sus dedos la cuenta siguiente de su rudraksha. Akarghi volvió a repetir para sí ¡No hemos robado nada!... Se escuchó un fuerte sonido: la mejilla de Shauri enrojeció de inmediato ante la fuerte palmada que Farra-aj le había propinado. Sin esperar, el abad se plantó de inmediato ante el syshia que también tiritaba al lado de Shauri. Lo miró a los ojos, igual que lo había hecho con Shauri. Sarvagya se quedó inmóvil como un condenado a muerte… ¡No hemos robado nada!...  Otro chasquido semejante a un latigazo sobre piel humana; la cara de Sarvagya, que había girado en la dirección del golpe, volvió a su recta posición, frente a frente de Farra-aj, con lágrimas en los ojos, pero en inmutable silencio. Kynpham Singh había ya tomado una decisión: ¡que Farra-aj lo golpease y torturase hasta la muerte!; si Akarghi no hablaba primero, moriría antes de inculparlo a él, o a sí mismo… El tercero fue Pratigya. ¡Lo mismo!… Akarghi admiró la fortaleza de sus compañeros, pero también se avergonzó de la humillación injusta que estaban sufriendo por su causa. Por otro lado, ¿tenía él el derecho de entregar a su amigo Kynpham, junto con él?... Entonces comenzó a ocurrirle aquello que desde hacía ya unos meses lo venía torturando. Incluso los más aventajados maestros espirituales pasan más de una vez en su vida por semejantes procesos y angustias. Kynpham era el noveno en la fila de los condenados. Akarghi el decimoquinto. 

Ocurría que su mente, su yo, o lo que fuese, se duplicaba en otro yo, más poderoso a veces que él mismo, al punto de que por momentos ya no era él mismo, sino que el otro yo era más yo que el alguien que se creía ser él mismo… Dicho así parece fácil de explicar, simple y definido, pero en realidad no lo era. Una mosca bien negra se paró justo en la punta de su nariz. Primero la observó. El pequeño insecto se trenzó las patas traseras por encima del lomo y comenzó a alisarse las alas, como hacen de costumbre. La sopló con suavidad, levantando levemente su labio inferior por delante del superior, pero la mosca ni se inmutó. Entonces llegó la ocurrencia del otro yo: ¿Acaso si muevo velozmente mi mano derecha no la atraparé, y entonces podré hacer lo que quiera con ella?... Alcanzó a darse cuenta de lo absurdo de la acción que iba a realizar, se contuvo; entonces replicó su sí mismo:

--¿Tienes miedo?... ¿Es eso?... ¿No lo haces porque no es correcto?... Pero ¿qué es lo correcto?... ¡No tienes por qué hacer lo correcto!... Te sometes borreguilmente y sin libertad a lo correcto… Ni siquiera sabes de dónde te viene la voluntad de lo correcto… ¡Eres un pelele!... ¡Harás lo que te supera a ti mismo!... Simplemente porque eres más débil que yo… ¡Ahora!...

Farra-aj se encontraba ya frente al octavo syshia, al lado de Kynpham. Akarghi iba ya a disparar su mano hacia la mosca cuando ésta, gentil y livianamente, voló. Akarghi primero la siguió con la vista, pero nuevamente otra idea ∞otro Akarghi le habló∞, todavía más peregrina:

--¡Síguela, alcánzala!... ¡Tú puedes!... 

Nuevamente experimentó que poder estaba por encima de lo correcto, porque lo correcto era algo puramente automático, en cambio poder era un mandato de acción que dependía de su libertad y decisión… ¡Tengo que romper con todos estos automatismos, jerarquías, protocolos, normas, convenciones y temores que condicionan y someten mi comportamiento y el de todos los aquí presentes!...

Alcanzó a dar un paso, cuando vio que la mosca se posaba galanamente sobre la punta de la nariz de Farra-aj, justo en el momento que éste, ya habiendo zurrado con fuerza a Madhuchandra, el octavo, daba un paso hacia el costado y se detenía ante Kynpham… ¡Farra-aj furibundo, pero con una mosca en la punta de la nariz, qué ridículo!... Akarghi miró al mismo tiempo la circunspección de su amigo Kynpham, y ya no soportó más:

--¡Jajajajajajajajajajaja!…--explotó en una gran carcajada.

Todos se volvieron hacia Akarghi, que no paraba de reír, y hasta doblarse por la intensidad de la risa. Los maestros dudaron un momento ante la situación, si bien Farra-aj, con aplomo y mirada de fuego contenido, se dirigió parsimoniosamente hacia Akarghi. Se detuvo frente a él. Akarghi trató de volver a la postura de rigor, pero temblaba, tratando aún de contener la risa y hasta el llanto.

--¿Hay algún motivo para la risa?—Le preguntó casi susurrando Farra-aj.

Akarghi lo miró, fijando su atención en la punta de la nariz del abad; entonces vio allí, no una mosca, sino un pelo negro y curvo que sobresalía por entre sus vellos, de modo que, a punto de volver a estallar en otra más estridente carcajada, se tapó la boca con ambas manos y, con los ojos llenos de lágrimas, asintió con la cabeza.

Entonces ocurrió un evento que nunca nadie supo explicar… Farra-aj se dio media vuelta y salió con la misma parsimonia del salón, seguido a poca distancia por Chien Tzu. Algo después, se escuchó una larga y sonora carcajada, semejante a un trueno, que se iba alejando por el pasillo.

viernes, 16 de junio de 2017

AKARGHI (capítulo 125)



Mientras se entregaba a las aguas le ocurrieron cosas extrañas. El mero hecho de permanecer más de una hora arrastrado por la corriente, sin oponer resistencia, lo transportó por zonas intermedias de la realidad, por otros planos más difusos del universo y de la mente. Después de hundirse bajo el agua, al saltar, y mientras su cuerpo buscaba naturalmente reflotar hacia la superficie, su memoria recitó acompañada con las voces profundas del coro de monjes que recordaba de sus años de noviciado temprano:
La palabra es el Rig y el soplo vital es el Sama. Este soplo vital-Sama se apoya sobre esta palabra Rig. Por esto se canta el Sama tomando apoyo en el Rig. Sa es la palabra, ama es el soplo vital; palabra y soplo vital son en conjunto designados como Sama. El ojo es el Rig, y el Atman[1] es el Sama. Este Atman-Sama se apoya sobre este ojo-Rig. Por eso se canta el Sama tomando apoyo sobre el Rig. Sa es el ojo, ama es el Atman; ojo y Atman son en conjunto designados como Sama. La oreja es el Rig, y el Manas[2] es el Sama. Este mental-Sama se apoya sobre esta oreja-Rig. Por eso se canta el Sama, tomando apoyo sobre el Rig. Sa es la oreja, ama es el mental; oreja y mental son en conjunto designados como Sama…”[3]
Sintió el gozo de la Verdad. Las palabras inmovilizadas de los Vedas, aunque ya eran semejantes a momias esculpidas en un tiempo ido e inalcanzable, le despertaban tan sobrecogedoras intuiciones, como pasajes vertiginosos de un Universo a otro, lo mismo que el Ganges con sus aguas imperecederas una y otra vez volvía sobre las almas mortales a ejercer su infinito poder de trascendencia… En ese momento sacó la cabeza por encima de la superficie, abrió la boca y sorbió el aire de la misma manera que lo había hecho al nacer en su cuerpo mortal. Entonces, lo primero que vio, pues se encontraba cerca de la orilla, fue a una pareja de sepultureros que arrojaba al río los restos de un cadáver incinerado. Desde dentro de sí volvió a salmodiar el coro de monjes:
¿A cuál de tus deseos debo satisfacer con mi canto? Pues el que posee este conocimiento y canta un himno del Sama es capaz de satisfacer todos los deseos del otro, gracias a su canto del Sama. Sí, gracias a su canto del Sama…[4]
Un poco más allá su cuerpo tocó suavemente la orilla. Anochecía con algunas nubes repartidas entre las estrellas. Sintió frío y tiritaba. Los restos de una pira funeraria de un desventurado que había ya partido hacia nuevas rutas de existencia le permitieron reanimar el fuego y sentarse a secar sus vestimentas, mientas continuaba sumergido con su conciencia en el Ganges, dejándose llevar. Ya se habían ido todos, cerca e incluso lejos y, si se escuchaba algo, eran tal vez las estrellas… Le dolía el corazón.  Recordó, como se recuerda a través de la bruma de un ensueño despierto. Tan lejano parecía, tanto como puede serlo la infancia desde la vejez, el doloroso recuerdo de Narayan y Balu, y de toda esa muchedumbre de sufrientes que, al observarlos con el ojo espiritual, más profundo y sensible, podía descubrirse siempre a la espalda de ellos, empujando, otra muchedumbre más y más creciente: la Humanidad toda… Pero había saltado al Ganges y los había abandonado… ¿He renunciado a mi humanidad?... ¿Era necesario?... ¿Era siquiera concebible amar enteramente a Narayan?... ¿Y yo no la amaba, acaso no la amaba con un corazón extraño y sobrehumano?...
Y le pareció que su alma se había separado tanto de su cuerpo y tan alto, pero sin dejar de experimentar al mismo tiempo el dolor en su corazón, que lo absoluto y lo inmediato llegaban a entrelazarse sin oponerse ya resistencia. Él mismo, Akarghi entonces, era esta encrucijada de lo absoluto y lo inmediato: los había abandonado, pero ya no podía abandonarlos…
Creyó ver a Narayan con sus manos crispadas sobre la balaustrada ante el Ganges, llorando… Creyó ver el desaliento y la desesperanza sin remisión en los dolientes que la acompañaban. Dudó, una vez más dudó… ¿Cómo no iba a dudar, si el corazón humano no resiste la impasibilidad de entrever el dolor de los otros, y no amarlos?... ¿Cómo resistirte, Akarghi, a la fulminante necesidad de existir no sólo para ti, sino para el que te necesita?... ¿Hasta dónde?... ¿Hasta el sacrificio propio incluso?... También podía verlo, anticiparlo con la misma claridad, una y otra vez su vida volvería a cruzarse, a tropezarse en lo absoluto y lo inmediato; entonces tomaría el camino del mundo, el camino del amor y del dolor urgentes, insuperables, día a día, segundo a segundo, mujer a mujer y hombre a hombre… ¿Lo haría?... ¿Lo haría?... ¿Renunciando al Absoluto por amor, por compasión y por humano, hasta la muerte incluso de la libertad del alma?... Quizás lo haría, quizás no. ¡Tenía que vivirlo!... A los diecinueve años parece que la vida recién comienza, que está todo por verse, por decidirse, pero lo que entonces no se ve, por la inmadurez de la vista interna, es que ya está todo hecho, adelante y atrás, futuro y pasado, aunque sólo falta ¡vivirlos!...
Podía haber vuelto atrás… ¿Quién no podría?... Incluso volver atrás era esperar que mañana regresase otra Narayan y otro Balu a sufrir y amar lo mismo, para él… ¡El Absoluto!... Sus primeros pasos de infante del alma habían sido guiados por sus maestros, antepasados y señores de la verdad milenaria. También a ellos los había enloquecido ¡El Absoluto!... También ellos habían amado con todo su ser; y lo humano, puro amor, se había deshecho con ellos y en ellos en el inextinguible fuego del ¡Absoluto!... Para ello debían partir obsesivamente hacia las cimas de las montañas, hacia los claustros y eremitas cada vez más oscuros y profundos, hacia la consunción del cuerpo mortífero y mortal, hacia el desalojo de la mente activa, pero siempre aún más allá, aún más allá, y más allá… Ahora Akarghi, frente al fuego, contemplando y viviendo la voracidad de las llamas que todo lo mueven, que todo lo trastornan, lo transforman y lo aman, comenzaba a intuir, pero también a padecer, otro movimiento, un movimiento nuevo que venía de alguna desconocida zona de otro Universo, a empujar por primera vez el absoluto de este fuego, no más allá de este fuego, de este Sama, sino en el instante mismo, encrucijada de la más efímera existencia del fuego ¡vivo!
Akarghi sintió una presión húmeda sobre la pantorrilla desnuda de su pierna izquierda. Dirigió hacia allí su mirada y se encontró con la cara peluda y aguzada de un perro pequeño que lo observaba, moviendo la cola. Estiró su mano y le acarició la cabeza, ante lo cual el perrito soltó un corto y único ladrido. Luego se recostó junto a Akarghi; ambos continuaron inmóviles, uno junto al otro, contemplando apaciblemente el fuego.





[1] Reflejado al interior del ojo.
[2] Mental.
[3] Chandogya Upanishad, I-vii-1-3.
[4] Chandogya Upanishad, I-vii-9.