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viernes, 24 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 113)



  
Existe una desconocida y asombrosa relación entre moverse y ser movido. El Universo se mueve y es movido. Los seres humanos piensan y son pensados. Akarghi observaba, escondido tras un seto de hibiscos, una decena de perdices que corrían de un lado para otro en hilera, con sus penachos erguidos y temblorosos. Otros seres lo observaban a él, escondidos detrás de todas las cosas. Akarghi había intuido desde pequeño esta condición casi irreal de la realidad, por la que se vive como si uno estuviese siempre sobre un escenario, representando un papel que te han asignado representar, y que uno realiza de memoria, sin saber que se lo hace de memoria… Las luces del escenario del Universo, las luces intensas de toda propia mente te ofuscan la posibilidad de distinguir siquiera el público que te contempla, y hasta al autor que te crea, para uno, allá, en las sombras que no dicen nada…

¿Y cuando Tashi Aburghasim barbotó: ¡Lo mataré!..., era primero y ante todo Tashi el que había dado la orden de matar a Akarghi?... ¿Y cuando los dioses decretaron que Tashi Aburghasim exclamase ¡Lo mataré!, eran primero y ante todo los dioses quienes habían dado la orden de matar a Akarghi?... ¿Y cuando Lo que había dado la orden a los dioses que decretaran matar a Akarghi, era primero y ante todo Eso lo que había dado la orden de matar a Akarghi?...

Por eso Akarghi miró a los ojos a su asesino cuando levantaba el puñal, y en ellos vio la mirada de Dios ∞no por cierto de un Dios de amor como muchos creen, pero tampoco de un Dios lleno de odio∞, de un Dios que mira y obliga, pero que también es mirado y obligado. Y si Akarghi había reconocido que su camino de la Verdad era el intento de trascender esa condición ambivalente e inexorable, lo hacía aún más difícil el intuir que Dios tenía su propio camino de la Verdad que trascender para superar sus propias ambivalencias, sus propias confusiones y, sobre todo, su propio destino. Akarghi mismo era un síntoma, una prolongación epifenoménica, una manifestación esencial de un Dios confuso e incompleto; de un Dios que evoluciona en algún universo paralelo y al mismo tiempo inmanente a éste nuestro, pero cuya transformación está infinitamente lejos de nuestra comprensión y conocimiento.

Coger la Verdad a través de la mentira y la ilusión… Hacerse fuerte a través de la debilidad. Akarghi caminaba por un desierto, sobre lomas yermas de fuego más que de arena  y polvo escaldado. Caminaba porque le permitían caminar. Caminaba porque lo obligaban a caminar. Trataba de ser libre en una mente que lo obligaba a ser él mismo. Siempre el desierto terminaba, lo mismo que cualquier camino, cualquier pueblo, cualquier ciudad, y también todo amor, todo vínculo. Porque si no terminaban, sólo era él mismo quien había terminado. Era obligado a buscar la libertad. Tenía conciencia y eso era suficiente y necesario para buscar la libertad como algo connatural a la conciencia misma. Si hacía calor, traspiraba, sentía sed, miraba el cielo azul esperando la noche, no podía experimentar frío, ni las aguas dulces de un lago, ni la sombra de los cocoteros o la brisa marina. Estaba obligado porque su cuerpo y su mente lo obligaban a experimentar la realidad de esa precisa manera, y no de otra. Cada vez más necesitaba liberarse de todos esos condicionamientos, como una obsesión que por momentos lo impulsaba sin respaldo alguno en la inteligencia, la comprensión o la evidencia de lo inmediato, o de la así simplemente llamada realidad… Existiese o no la libertad, era ésa su apuesta de vida. Lo primero, lo cercano, lo inmediato y real desentonaban de esa búsqueda e intuición, porque en estos niveles de realidad no existe libertad, casi nada, casi nada y, por momentos, nada. Entonces Akarghi comenzaba a darse cuenta de que cualquier realización cercana de libertad, como ser autoconiente de los estados y procesos de la propia miente, inevitablemente te hacen separarte progresivamente de todo, porque todo está aquí condicionado y predeterminado. Akarghi comenzaba a darse cuenta de que ante todo es la mente la que primero te quita libertad al condicionarte a experimentar todo de acuerdo a sus propias características y condiciones. En el desierto, era primero que nada la mente la que te obligaba a experimentar el desierto de una determinada manera, con los atributos que la mente le ha asignado al desierto desde siempre. ¿Y si cambiaba la mente, cómo reaccionaría el cuerpo, y cómo reaccionaría el desierto mismo?... 

¿Y si eso ya no era coherente, ni lógico, ni natural, ni comprensible intelectualmente?… ¿Entonces sólo podría experimentarse la libertad como un estado de locura?... Ninguna forma de locura ni de cambio me resultan atractivos si no intuyo y me ofrecen un estado superior de otra coherencia, de otra lógica y de otra sobrenaturaleza que abarquen y comprendan mejor incluso esta misma realidad, y aunque carezcan de toda similitud con esta coherencia, con esta lógica y con esta naturaleza y realidad.

Vivir entre humanos, vivir con ellos, incluso con la mujer y el hijo amado le quitaban libertad, porque todos viven en lo inmediato y para lo inmediato. Ya los había dejado atrás con inmenso dolor en su corazón y en su alma. Ahora que avanzaba en el retiro hacia su propia mente y hacia su propio espíritu ∞con los años abrumados de vida que desenmascaran la ilusión y la desilusión de la inmediatez∞, se iba quedando de a poco sin mente y hasta sin espíritu, pero no por eso vacío

Así se lo había hecho saber Kautsa poco antes de que llegase su hora de partir:

--¿Soy yo sólo Kautsa?... Para Akarghi, Kautsa es ante todo Akarghi mismo, con aspecto de Kautsa.

Y cuando caminaba por los campos, observando a miles de hombres y mujeres trabajando en las plantaciones; y en los caminos, a los conductores de animales, a los guías de carretas, a los pastores de ganado, a los enfermos, a los comerciantes, a las prostitutas, a los ascetas, a los peregrinos, a los niños, sentía que su corazón se apretaba de angustia y compasión, porque carecían de ese don, de esa divina vida que se le concedía a él, de liberarse y trascender la vida humana y natural… pura miseria pacificada de lo mismo. Kautsa se lo había confirmado:

--¡Aunque la trascendencia tuya no sea más que otra ilusión, ve hasta el final de esa posible ilusión!... ¡Si se nos ha dado la posibilidad de elegir, de elegir a cada instante y momento, entonces elige, elige y elige, siempre de verdad elige, Akarghi!

Cuando se empieza a elegir de verdad, querido Akarghi, hijo mío, la realidad comienza inevitablemente a desmoronarse, pero entonces y a cambio, lo inesperadamente elegido comienza a construirse… ¡Construye y agrega!... ¡Construye y agrega!.... ¡Pero jamás mires hacia atrás, con la nostalgia del que recuerda, porque entonces sólo verás caos y confusión a tu alrededor y dentro de ti mismo!… ¡El horror te paralizará!

viernes, 17 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 112)





¿Se justifica el fanatismo?... ¿Pero hay algo siquiera, lo más horrible, aberrante y repulsivo que normalmente y por sentido común provoca esa percepción y valoración, que bajo alguna circunstancia y perspectiva no resulte bueno, necesario y hasta universal?...

Así pensaba Akarghi mientras observaba el comportamiento de miles y hasta millones de personas reunidas a los pies de un gurú, en las inmensas llanuras del Kumbhamela.

Ellos darían la vida por su gurú, o la quitarían a quien fuese, si el maestro así se lo exigiese…

Pero no eran fanatismo sólo aquellas conductas que tantas veces Akarghi había visto en esos mismos hombres que observados dentro de ciertas circunstancias se comportaban como frágiles y mansas palomas, pero en cualquier momento, y sólo con el cambio de algunas circunstancias internas o externas, se transformaban abruptamente en los mayores criminales y delincuentes, hasta movidos por las más nobles e ideales razones y virtudes. Precisamente eran las razones, las ideas, las doctrinas, los saberes, las creencias detentadas como absolutas, como perfectas, como intocables, como universales, las que volvían a los seres humanos en fanáticos y, al fin de cuentas, sicóticos, porque en el trasfondo respondían a, y generaban, un estado de mente clausurado y delirante. Akarghi había logrado observar y reconocer que todos los seres humanos, por cierto él mismo también ∞uno mismo es siempre el mayor desafío y problema, pues la autobservación se encuentra en un estado de mente que condiciona y relativiza más la autopercepción, que la observación del otro, se encuentran en un determinado estado de mente bastante clausurado y delirante. El camino de la Verdad, a los veintinueve años, se le había manifestado en una primera e inevitable etapa, como simplemente el reconocimiento y el descondicionamiento de un estado mental asociado a una estructura de mente con los cuales uno vive todo lo que vive ∞¡Cuán difícil es para la gente, para la gran mayoría de los seres humanos, identificar simplemente esta realidad interior!∞. Sin esta primera deconstrucción total de la mente, no se podía adquirir ni media verdad, como habían pretendido tantos sabios y maestros, que sólo producían efectos de su propia mente, tantas veces maravillosos, sabios, espirituales, revelados y hasta sobrenaturales, pero que al fin de cuentas no reflejaban más que un determinado y clausurado bendito estado de mente.

--Mi mente es una selva que flota sobre un océano invisible –le había dicho en una ocasión a Kynpham, mientras observaban los giros delicados e ingrávidos de Koi en la pileta—. Y simplemente es invisible el océano porque yo no puedo verlo, no porque realmente lo sea, como no puedo ver el agua dentro de la que flota Koi, aunque no flota. La mente lo interpreta todo de acuerdo a su estado de mente.

--¿Es posible salir de la selva de la mente, si uno mismo es la selva? –preguntó Kynpham, que tenía una gran admiración por el modo de saber de Akarghi.

--No hay que salir de la mente, porque eso para un humano es imposible, pero sí activar los poderes mágicos de la mente para transformar la selva en otra cosa…

--¿Qué cosa?

--¿Quién sabe?... ¡Eso es lo que yo quiero arriesgar!... ¡Abrir un nuevo sentido que nunca ha percibido, y encontrarme por primera vez con lo que nunca he percibido!... ¿Qué pueda ocurrir?... ¿Tú te atreverías?...

--Me gustaría, pero no creo que esté preparada mi mente como lo está la tuya…

Akarghi sonrió, bajó la vista y meneó negativamente la cabeza.

--¡No sé si estoy preparado, amigo mío, pero una convicción y fuerza profundas me animan a arriesgarlo todo!... Quizás, como tú dices, esa mera fuerza interior es mi preparación… o tal vez no.

Al recordarlo Akarghi volvía a preguntarse una vez más si él mismo no había sido, desde entonces y hasta ahora, otro fanático más. Le parecía que la mente por sí misma es una estructura, un fenómeno que por naturaleza genera un estado fanático a través de cada una de sus facultades, características y efectos… Y volvía a preguntarse, como lo hacía cada día, varias veces al día –y con su inconciente, siempre--, si era posible desprenderse por medio de algún procedimiento, un yoga por así decir, de aquellos condicionamientos esclavizantes, o de llegar siquiera por algún medio no conocido a eventualmente alcanzarlo y lograrlo, porque todos los medios hasta entonces --y ahora-- conocidos le parecían que acababan siempre en alguna forma y condición de esclavitud y de encierro final. ∞Ningún ideal o proyecto de perfección hasta ahora propuesto o imaginado por humano alguno le parecía realmente abierto al infinito, a la trascendencia como método y fin…∞ 

¡Éste concepto de infinito es lo único que nos fue dado como concepto y facultad para evitar caer una y otra vez, por donde fuese en un hoyo que –hasta el más luminoso y sublime, como por ejemplo Dios o espíritu—no acabase atrapándonos en un fondo bendito, estrecho y mortalmente asfixiante!... ¡Pero tampoco quiero transformarme en un fanático del infinito que libera de todo fanatismo!... ¡No tengo más que conciencia y mente, y mente para huir de la trampa de la conciencia y de la mente!...

Entonces, la verdad, creer, pensar, ser uno mismo, respirar, vivir incluso eran formas y grados importantes de fanatismo… El desafío, la prueba, pues, no era evitar a toda costa el fanatismo, sino avanzar hacia la trascendencia de todo fanatismo, a través del fanatismo mismo, como las aves que migran sin brújula de un extremo al otro del mundo. Casi nadie lograba no hundirse en el pantano de alguna manifestación de fanatismo, de dogmatismo y locura. Quizás la fórmula, el método, la religión de trascendencia consistía ante todo en oponer siempre y a cada momento negación, duda, nuevo descubrimiento, a cada afirmación, a cada principio, a cada verdad y forma con que se encontraba y producía nuestra mente.

Cuando todo un pueblo busca la Verdad, no hay nada más fácil para cualquier persona que buscar la verdad. Cuando todo un pueblo se duerme en la inconciencia, no hay nada más fácil que quedarse dormido∞ La primera y más básica forma de despertar era ofrecerse realmente otra opción frente a lo evidente; la primera y más simple forma de libertad era ofrecerse una alternativa real a lo evidente y necesario. La peor de todas las formas de aniquilar la libertad era concebir opciones que sólo esconden en su esencia lo mismo

Por eso Akarghi se estaba quedando solo, solo en el mundo; y ya no le importaba tanto, como en sus años de adolescencia, cuando la comunidad sostenía con su red de saberes y mentes colectivas la realidad, su mente y el alma. Aunque la mente humana estaba diseñada para fortalecerse y desarrollarse en una red, en una telaraña de otras mentes, Akarghi había avanzado en su autoliberación, y gradualmente iba traspasando los límites, la frontera del condicionamiento natural y mental que se impone al sí mismo, para alimentarse y vincularse con otras fuentes de saber universal, más sutiles, más poderosas y más libres. La primera mutación humana de verdadera trascendencia, la más difícil, pero no más que la primera y más diminuta trascendencia.

viernes, 10 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 111)


   


¿Cuándo empieza una historia de vida?... Si ya es difícil entender a una persona, un uno mismo, como un proceso de vida, un algo continuo y consistente… Lo hemos dicho antes: hasta donde alcance la memoria, sea cual sea el registro del pasado al que llamamos memoria del pasado. Algunos dirán que al momento de nacer, otros a la hora de ser concebido, otros en la historia de los padres, de los antepasados, y así, podrán decirse cosas también como en el momento que la persona experimenta hechos que son decisivos, o en las vidas pasadas, o en el plan de Dios o del destino, y mucho más… ¿Por qué negar cualquiera de ellas, y no abrirse a todas, e innumerables más? Al sumergirse en la profundidad del sí mismo, mucho más allá de donde han alcanzado con sus teorías los sicólogos y los sabios, mucho más allá de donde han concebido las experiencias religiosas, espirituales y místicas, Akarghi avanzaba y se sumergía abriendo espacios, tiempos y dimensiones, lentamente, vastamente, produciendo un cataclismo tras otro en su ser interno y en la marea arrasadora que desbordaba hacia el mundo exterior en unificación.

¿Podía olvidar tan fácil a la mujer amada, la mujer que desde una loca aventura erótica y pasional, se fue encendiendo como luz de un amor creciente, más interno y más vasto, como la experiencia misma de la Verdad? Porque toda experiencia significativa e intensa se clava como un puñal, como un eje, un centro de gravedad alrededor del cual se vive como un perro amarrado y herido. ¿Era posible liberarse, como lo hacen los brahmanes a los cincuenta o sesenta años abandonando a su mujer, a sus hijos, a su vida entera, y dedicarse a una vida nueva de aislamiento y trascendencia? Akarghi hasta ahora sólo había reconocido a hombres extraordinarios, de gran valor y convicción, que se habían sumergido en el sueño profundo de la espiritualidad, y en un pequeño y maravilloso rincón de la mente, en un asilo pacificador donde se trataba con espiritualidad la enfermedad de vivir, con meditación y anulación del flujo de la mente; para medicar así el sufrimiento de dejarlo todo porque no se está satisfecho consigo mismo ni con la vida. Akarghi, en cambio, sabía que no debía escapar del dolor, del abandono, de su confusión, y si quería avanzar en su historia de vida, en su necesidad de trascendencia, de evolución –o lo que fuese aquello--, debía hacerlo como el carnero que enfrenta sólo con sus cuernos y la dureza de su cráneo, directamente y por el centro, todo lo que se le opone y lo daña. Pero no se crea que debía golpear sólo en el centro, directa y brutalmente su sí mismo, ni su realidad, pues después o junto con cada golpe consigo mismo, debía acompañarlo su movimiento yin, su pasivo circular concéntrica, paciente y envolventemente alrededor de lo mismo, de lo golpeado, también como si jamás hubiese sido golpeado.

Y puesto que la existencia humana se construye siempre por movimientos de oposición o diferencia, ahí estaba el camino hacia arriba y hacia abajo; en oposición al dolor insuperable y radical de la pérdida de Latniavira y de Prâsad, se les enfrentaba Kautsa y los demás sanyasines. Para Akarghi no debían existir separadamente; aunque la existencia les había creado circunstancias y momentos diferentes, sin que se conociesen entre sí, sin que hubiese ni la menor relación en el plano natural y físico, existían en la simultaneidad y en el sentido unificado y continuo, sin la menor ruptura ni accidente en su ser-para-Akarghi como un solo ser vital ∞como en una dimensión de realidad paralela y simultánea. Y esto había de ser así, fuese Akarghi conciente o no de ello. Pero si Akarghi se hacía conciente, como lo estaba siendo, entonces el proceso vital se hacía consecuentemente más poderoso, más personal, más misteriosamente nuevo e increado… Seguía amando a Latniavira, escuchaba con su alma a Kautsa, pero ni uno ni otro por separado ni juntos desorientaban el rumbo que, gracias y a pesar de ellos, Akarghi iba sosteniendo y tomando.

Esos puntos neurálgicos en las historias de vida, que también hemos llamado centros de gravedad, en la existencia de Akarghi ninguno había sido tan extraordinario, terrible y decisivo, como el amor de la mujer única y sobrecogedora que ya había perdido; aunque misteriosa e inexplicablemente cuando se ha amado tanto, tan inmensamente tanto, una maravillosa presencia viva de ese ser amado continúa siempre actuando, real e inmortal. Quizás por eso Kynpham venía a Akarghi, y Latniavira comenzaba a tomar una forma y un cuerpo nuevos, como si la muerte fuese también pura presencia inmortal. Porque si bien Akarghi no había recibido confirmación alguna de la muerte física de Latniavira, esta nueva Latniavira se le enseñaba con un cuerpo superior, todavía más deseable y perfecto –si pudiera decirse así—que su bellísimo cuerpo mortal, dulcemente transfigurado en este otro vehículo superior. Pero no se engañe nadie con la idealización del amor, como si el amor espiritual, metafísico, del alma fuese todo el amor cuando se vive intensamente como tal, pues el cuerpo de carne, de fluidos, sensaciones y tacto, de sexo, ama por sí mismo, absoluto, intransable por nada superior, insobornable por sublimación alguna, tan seguro de ser único y poderoso en sí mismo, que exige, como exige todo lo vivo, ser valorado y asumido. Y Akarghi necesitaba sexo y amor de besos y caricias como cualquier otro humano en un cuerpo vivo. Un cuerpo que ha amado como cuerpo ya nunca más lo olvida, ya nunca más se resigna a no volver a gozar de su extraordinaria cualidad. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe virgen, que mantenerse asceta después de haber conocido la delicias del erotismo y del sexo. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe y virgen sin haberse nunca masturbado, que sostenerse sin erotismo y sexo, una vez que se ha conocido incluso sólo masturbándose la gracia, la beatitud del orgasmo. Akarghi sólo le ofrecía ya a su cuerpo masturbarse, cuando su cuerpo lo exigía, y no dañaba ni un ápice su espiritualidad, ni su meditación, ni su lucidez de conciencia y de alma –carecía de resistencia, de pecado y de culpa--, tanto más cuanto al hacerlo recuperaba los recuerdos del cuerpo voluptuoso de Latniavira, y la presencia de los soberbios actos de sexo y de amor vividos con su mujer amada. No lograba comprender la prohibición de tener sexo en la vida espiritual y ascética, como si la energía sexual o su efecto mental enturbiase o disminuyese algo vital y personal, o al espíritu mismo en algún sentido, ¡Si es pura energía revitalizadora y autogenerativa, inagotable!... salvo –pensaba él—cuando se es incapaz de integrarlo armónicamente a la energía vital, espiritual y universal del todo, como bien lo entendía y experimentaba el tantra.

Por otra parte, ¿hasta cuándo hubiese continuado amarrado al cuerpo y al amor de Latniavaira, si los eventos no se hubiesen precipitado así como ocurrió? ∞Así… con ese factor casi siempre incomprendido que identificamos como accidente o simple suceso. Porque el amor y el cuerpo, como incluso la adoración a Dios o la espiritualidad,  también pueden acabar deviniendo un palacio de cárcel, un exquisito fumadero de opio, una adicción que sostiene toda la existencia y la realidad misma, y que además exige eternidad…